19 Poemas de Paul Verlaine 

NEVER MORE

Oh, recuerdos, recuerdos! ¿qué me queréis? Volaba
un turbión de hojas secas; ponía el sol un brillo
de oro viejo en el bosque húmedo y amarillo,
y la fugaz llovizna de otoño sollozaba.

Ibamos los dos solos; su cabellera de oro
volaba loca al viento, cual nuestra fantasía.
— ¿Cuál fue el día más bello de tu vida?— decía
junto a mí, con su acento angélico y sonoro.

Respondió a su pregunta mi sonrisa discreta;
después, devotamente, con gesto de poeta,
besé su mano blanca de dedos afilados.

¡Ah, qué fragancia tienen nuestras primeras rosas
y qué bien suena, como músicas deliciosas,
el primer sí que brota de unos labios amados!

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MUJER Y GATA

Ella jugaba con su gata
y era una maravilla ver
la blanca mano con la blanca pata
luchando en las sombras del atardecer.

Y con intenciones taimadas
en sus mitones se escondían
sus uñas de ágata afiladas
que como navajas fulgían.

La otra se hacía la mimosa
y hundía sus uñitas rosa,
pero el diablo poco perdía...

Y en la sombra del cuarto, en que vibraban
sus risas en sonora melodía,
cuatro puntos de fósforo brillaban.

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LA ANGUSTIA

Creación, no me importan tus fastos esplendentes
ni tus campiñas ni tus dulces pastorales
sicilianas; tampoco tus magias aurórales
ni la maravillosa visión de tus ponientes.

Yo me burlo del arte, del hombre, de los versos,
de los templos helénicos y de las espirales
que en el cielo vacío hunden las catedrales,
y los buenos me dan igual que los perversos.

Yo no creo en e! Dios que me dió, cruel y ciego,
la angustia de pensar, y maldigo y reniego
del Amor, esa vieja y trágica ironía;

sin amor a la vida y temiendo a la muerte,
soy un barco perdido al azar de la suerte,
que se hundirá en la sima sin fondo cualquier día...

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PESADILLA

Yo he visto a la luna llena,
como un sueño, en el sendero,
en una mano el acero,
en la otra un reloj de arena,
al caballero

de las baladas del Rhin,
como un huracán violento
galopando hacia el confín
con la negra capa al viento
sobre un rocín

negro de ébano y fulgente
como un ascua, velozmente;
sin ¡hop! ni fusta, ni brida,
ir a carrera tendida
eternamente.

Amplio chambergo plumado;
en las cuencas, su ojo ciego
entre la niebla ha brillado
con un fulgor azulado
de arma de fuego.

Como ala de gaviota
que sorprende la borrasca,
al furor de la nevasca,
su negra capa que flota
al viento, chasca,

y con orgullo luda
su esqueleto marfileño;
y al cruzar, como un mal sueño
mostraba en la noche umbría
con aullidos estridentes
treinta y dos dientes.

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CLARO DE LUNA

Vuestra alma es un exquisito paisaje,
Que encantan máscaras y bergamascos,
Tocando el laúd y danzando y casi
Tristes bajo sus fantásticos disfraces.

Siempre cantando en el tono menor,
El amor triunfal y la vida oportuna
Parecen no creer en su felicidad
Y sus canciones se unen al claro de la luna.

Al tranquilo claro de luna, triste y bello,
Que hacen sonar los pájaros en los árboles,
Y sollozar extáticos a los surtidores,
Surtidores esbeltos entre los blancos mármoles.

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A UNA MUJER

A ti vuelan mis versos, por la consoladora
gracia de tus pupilas, por tu alma buena y pura,
donde el más dulce ensueño a veces ríe y llora...
A ti vuelan mis versos tan llenos de amargura.

¡Ay, me acosa esta horrible pesadilla cruenta
sin descanso, furiosa, loca, desesperada;
por doquiera que voy mi camino ensangrienta
y me muerde lo mismo que lobos en manada!

¡Oh, sufro mucho, sufro tan espantosamente
que el gemido primero que exhaló el primer hombre
casi es dulce en contraste con mi dolor sin nombre!

Y tus penas, querida, serán como un divino
tropel de golondrinas, que cruzan el riente
horizonte de un día dorado y septembrino

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SOLES PONIENTES

Una aurora fría
vierte en el trigal
su melancolía
de hora vesperal.
La melancolía
como una canción
de suave emoción
mece el alma mía,
mientras muere el día.
Sueños irreales
cruzan por mi frente
como fantasmales
sombras del poniente.
Son a sus reflejos
fantasmas bermejos;
pasan por mi mente,
cual soles irreales
en los arenales
rojos del poniente.

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MI SUEÑO FAMILIAR

Tengo a menudo el sueño raro y emocionante
de una maravillosa mujer desconocida
que no es siempre la misma ni es otra en cada instante
y me ama y se penetra del dolor de mi vida.

Porque ella me comprende y mi alma transparente
para ella solo no es un problema insondable
y la fiebre tenaz de mi pálida frente
ella sabe calmarla con su llanto inefable.

¿Es morena o es rubia o es roja? Yo lo ignoro.
¿Su nombre? Sólo sé que es tan dulce y sonoro
como el de las amantes del mundo desterradas.

Sus pupilas de estatua miran sin expresión
y su voz dulce y grave recuerda la inflexión
de las voces queridas ya por siempre calladas.

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EL RUISEÑOR

Con un loco vuelo de aves asustadas
todos mis recuerdos llegan en bandadas
y se abaten sobre la desolación
del hendido tronco de mi corazón.
Y en la linfa triste de mis añoranzas,
la fuente que llora mis desesperanzas
se abaten; después un temblor irisa
su cristal, y se oye gemir a la brisa,
una brisa espesa que envuelve el ramaje,
y después, tan sólo, se oye entre el follaje
— tan sólo— la voz que canta a la Ausente
la voz tan lejana, tan languideciente
del ave que íué mi pasión primera,
cantando lo mismo que en mi primavera.
Y en el esplendor triste de una luna
que asciende solemne y pálida, una
noche del estío, pesada y sombría,
plena de silencio, de melancolía,
mece en el misterio vago de la hora
el árbol que tiembla y el ave que llora.

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ANHELO

Oh el amor que nos dieron las primeras amantes
ojos azules, trenzas doradas, la delicia
inefable y ardiente de sus pechos fragantes
y la espontaneidad ingenua en la caricia!

Ya están lejos las claras alegrías primeras,
los sueños juveniles se hunden en el ocaso
y las saudades de mis muertas primaveras
lloran en el invierno negro de mi fracaso.

Y ya estoy solo y triste, solo y desesperado
para siempre, lo mismo que un viejecito helado
o como un pobre huérfano sin hermana mayor.

¡Oh la mujer mimosa y dulce como un sueño
de paz, morena y casta que a veces, con amor
nos da un beso en la frente como a un niño pequeño!

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