Quinto Horacio Flaco 

QUIEN VIVE TEMEROSO NO SERÁ NUNCA...

Quien vive temeroso, no será nunca libre.

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EN EL AMOR HAY DOS MALES...

En el amor hay dos males: la guerra y la paz.

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A UN AMIGO

Aún no tiene fuerzas para soportar en la domada cerviz el yugo, ni compartir los trabajos de un igual, ni tolerar el enorme peso del toro inflamado por los arrebatos dol amor.
El ánimo de tu novilla solo apetece regalarse en las verdes praderas, defenderse en el río del calor sofocante, y buscar solícita los terneros que retozan entro los húmedos sauces.
No pretendas coger la uva que aun está verde; día llegará en que el otoño, rico de frutos, te ofrezca sus maduros racimos teñidos de púrpura.
Entonces ella misma te buscará; pues el tiempo, que vuela sin descanso, le habrá añadido los años robados a tu juventud; entonces Lálage, con frente desembarazada, pedirá un esposo, y será mucho más querida que Cloris y la inconstante Fóloe, cuando deslumbra [los ojos] con sus espaldas blancas como la luna reflejada en el mar, o [con su rostro tan hermoso] como [el de] Giges, que, metido en un corro de doncellas, engañaría respecto al sexo los ojos más perspicaces por su abundante cabellera y sus facciones delicadas.

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A DIANA Y APOLO

Tiernas doncellas, cantad a Diana; mancebos, cantad a Apolo [al Cintio], el de los largos cabellos, y a Latona, tan tiernamente amada por el supremo Jove.
Ensalzad vosotras a la diosa que se recrea en las márgenes de los ríos y las sombras de los bosques, que pueblan las heladas cumbres del Álgido y las obscuras selvas del Erimanto o el Crago cubierto de verdor.
Vosotros, jóvenes, entonad las alabanzas del Tempe y la isla de Delos, patria de Apolo, que adorna sus hombros con la aljaba y la lira presente de su hermano.
Él azotará a los persas y britanos con el hambre cruel, la peste y la guerra, que hace verter tantas lágrimas, apartando sus estragos, movido por nuestras preces, del pueblo romano y su príncipe César [Augusto].

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A CÉSAR AUGUSTO

Ya el padre de los dioses envió a la tierra bastante nieve y asolador granizo, y su encendida diestra, vibrando el rayo contra los sagrados templos, llenó de espanto a Roma y puso terror en el orbe de que volviese el funesto siglo de Pirra con sus monstruosos portentos; cuando Proteo condujo sus rebaños a las cimas de los montes, los peces quedaron suspendidos de las copas de los olmos, donde antes se recogían las palomas, y los tímidos gamos nadaron sobre el mar extendido por la campiña.
Vimos el rojo Tíber, rebatidas con fragor sus ondas en el litoral etrusco, lanzarse a destruir el monumento del rey Numa con el templo de Vesta; y orgulloso de ser el vengador de su desolada esposa IIía, desbordarse por la siniestra ribera sin la aprobación
de Jove.
Muy pocos jóvenes oirán las guerras provocadas por los delitos de sus padres, y sabrán que los ciudadanos aguzaron contra sí mismos el hierro forjado para aniquilar a los temibles persas.
¿A qué dios invocará el pueblo en la ruina del Imperio? ¿Con qué preces ablandarán las púdicas doncellas a Vesta, sorda a sus clamores? ¿A quién dará Júpiter la misión de expiar tan horrendo crimen?
Apolo, dios de los augurios, te rogamos que nos asistas, velando tus hombros en candida nube; o si te place más, llega tú, sonriente Venus, en cuyo torno revolotean los Juegos y Cupido; o tú, si miras aún con ojos propicios la suerte del pueblo menospreciado y sus descendientes, padre de Ia ciudad, a quien entusiasma el clamoreo bélico, los cascos relucientes y el aspecto feroz del mauritano frente a su enemigo cubierto de sangre; poned pronto término a nuestras discordias.
O mejor tú, alado hijo de la venerable Maya, si pretendes tomar en la tierra la figura de un heroico joven, y que te llamen todos el vengador de César.
Ojalá retrases tu vuelta a los cielos, y permanezcas gozoso largo tiempo con el pueblo de Quirino, sin que huyas en alas del viento, ofendido por nuestras culpas.
Aquí anheles conquistar solemnes triunfos y ser llamado príncipe y padre de la ciudad; y no toleres que, siendo César nuestro caudillo, cabalgue impunemente el medo por dondequiera.

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A SESTIO

Desátanse los hielos del invierno riguroso con la grata vuelta del Favonio y la primavera, las máquinas botan al agua las naves que permanecían en seco, y ni el rebaño se goza en los establos, ni el labrador junto al fuego, ni los prados blanquean con las heladas escarchas.
Ya Venus Citerea guía los coros al asomar la luna; las modestas Gracias, unidas con las Ninfas, danzan joviales en las praderas, y el ardiente Vulcano abrasa los antros donde trabajan los Cíclopes.
Ahora es el momento de coronar con verde arrayán los perfumados cabellos, o con las flores que brota la tierra libre de sus prisiones; ahora conviene inmolar a Fauno en las selvas umbrosas una cordera, o, si le agrada más, un cabrito. La pálida muerte pisa con igual pie las chozas de los pobres que los palacios de los ricos. ¡Oh venturoso Sestio!, la brevedad de la vida nos prohibe alimentar largas esperanzas. Pronto te oprimirán las eternas sombras, los Manes de que tanto se habla y el funesto reino de Plutón, adonde así que llegues no te proclamará rey del festín la suerte de los dados, ni admirarán tus ojos al tierno Lícidas, que hoy abrasa a los jóvenes y luego abrasará de amor a todas las doncellas.

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LA VIRTUD DE LOS PADRES ES...

La virtud de los padres es una gran dote.

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A SUS AMIGOS

Ahora, amigos, debemos beber y danzar alegremente; ahora es tiempo de colmar las mesas de los dioses con los exquisitos manjares de los Salios. Antes de este día era un delito sacar el viejo Cécubo de las bodegas paternas, pues una reina embriagada por su fortuna, de la cual osaba esperarlo todo, con su hueste de guerreros torpes y enfermizos tenía preparada en su demencia la ruina y los funerales del Imperio.
Mas se templó su furia cuando apenas le quedaba una de sus naves libre del incendio, y su ánimo turbado por el vino Mareótico, sumióse en honda postración al llegar César [Augusto] de las costas de Italia, incitando a sus remeros, como el gavilán se precipita sobre la tímida paloma, o el presto cazador sigue la liebre por los campos nevados de Tesalia, para sujetar en cadenas al monsfruo fatal que, anhelante de una muerte generosa, ni temió como mujer el filo de la espada, ni quiso resguardar en puerto seguro su fugitiva escuadra; antes con impávido rostro y sin igual fortaleza, oso visitar su palacio lleno de consternación y coger los ponzoñosos áspides y aplicárselos al cuerpo que había de absorber su veneno, orgullosa de su voluntaria muerte, que quitaba a las naves liburnas la gloria de conducirla como una mujer cualquiera ante el carro del soberbio triunfador.

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A ALBIO TÍBULO

Albio, no te atormentes más de lo justo por el recuerdo de la cruel Glícera, ni te desates en lacrimosas elegías, porque un rival de menos años te haya suplantado en su corazón.
El amor de Ciro abrasa a Licoris, la de lindísima frente; y Ciro se inclina hacia la desdeñosa Fóloe; pero antes las cabras se unirán con los lobos de Apulia que Fóloe se entregue a tan torpe adúltero; así lo ha dispuesto Venus, a quien place, en sus juegos caprichosos, unir con férreo yugo personas harto desiguales y muy opuestos caracteres.
A mí mismo, cuando un amor bien digno embargaba mi ser, me detuvo con agradables lazos la libertina [liberta] Mírtale, más irascible que las olas del Adriático al estrellarse en los golfos de Calabria.

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A MERCURIO

Mercurio, elocuente nieto de Atlas, tú que lograste suavizar la áspera rudeza de los hombres primitivos con la persuasión y los nobles ejercicios de la palestra, tú, el mensajero del gran Júpiter y los dioses, inventor de la corva lira y diestro en esconder con hurto gracioso aquello que te agrada, tú serás hoy el numen de mis cantos.
Apolo quiso asustarte con terribles amenazas cuando aun eras niño, si no le devolvías las vacas que le robaras astuto; pero se echó a reír viendo que su aljaba también había desaparecido.
El rico Príamo, guiado por ti, abandonó a Ilión, burló a los soberbios Atridas, y cruzó por entre las hogueras de los tésalos y el campamento que fue la ruina de Troya.
Tú conduces las almas piadosas a los lugares felices del Elíseo, y diriges las turbas de las ligeras sombras con tu áureo caduceo, grato por igual a los dioses del Olimpo y del Averno.

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Desde el 11 hasta el 20 de un total de 24 obras de Quinto Horacio Flaco

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