10 Poemas de José Joaquín de Olmedo 

EL ÁRBOL

A la sombra de este árbol venerable
donde se quiebra y calma,
la furia de los vientos formidable
y cuya ancianidad inspira á mi alma
un respeto sagrado y misterioso;
cuyo tronco desnudo y escabroso
un buen asiento rústico me ofrece;
y que de hojosa magestad cubierto

es el único rey de este desierto,
que vastísimo en torno me rodea;
aquí mi alma desea
venir á meditar; de aquí mi Musa
desplegando sus alas vagarosas
por el aire sutil tenderá el vuelo.
Ya qual fugaz y bella mariposa
por la selva florida,
libre inquieta perdida,
irá en pos de un clavel, ó de una rosa;
ya qual paloma blanda y lastimera
irá á Chipre á buscar su compañera;
ya quál garza atrevida
traspasará los mares,
verá todos los reynos y lugares;
ó qual águila audaz alzará el vuelo
hasta el remoto y estrellado cielo.
¿No vés quan ricas tornan á sus playas
de las Indias las naves Españolas
á pesar de los vientos y las olas?
Pues muy más rica tornarás, mi Musa,
de imágenes, de grandes pensamientos,
y de quantos tesoros de belleza
contiene en sí la gran naturaleza.
Y de tu largo vuelo fatigada
vendrás á descanzar como á seguro
y deseado puerto,
á la sombra del árbol del desierto.
¡Necio de mí! ¿Qué he visto?
¡Quantas veces mejor me hubiera estado
gozar en grata paz ménos curioso,
de este ocio dulce, fresco y regalado,

que ver el espectáculo horroroso
que la perjura Francia
de su seno feraz en sediciones,
en escándalo, ofrece á las naciones!
¿Dónde están esas leyes decantadas
por la justicia y la equidad dictadas?
¿Mas qué aprovechan leyes sin virtudes?
¿Ni cómo las virtudes celestiales,
don de Dios el mas puro y mas sagrado,
han de habitar el corazón malvado
de un pueblo sedicioso,
cuyo xefe ambicioso,
qualquier senda aunque sea
toda de sangre y crímenes cubierta,
la cree justa legítima segura,
si oro, poder y cetro le procura!
Los pueblos sabios, libres y virtuosos
en el trono sentaron á las leyes,
y se postraban á sus pies los reyes.
Pero el tirano no: sentóse él mismo,
y las leyes sagradas
puso á sus pies sacrílegos postradas.
Y nada perdonó para su intento:
su valor, su talento,
aun las virtudes mismas le sirvieron,
y tenidas en máximas de estado
su respetable máscara le dieron.
Viose la religión inmaculada
hija del cielo noble y generosa,
sierva de su política insidiosa;
y el grande protector de la fe santa
con suma reverencia

los evangelios en Paris decora
y el alcoran en el Egipto adora.
¡Qué crímenes, que males
no ha dado la ambicion á los mortales!
Ella sola es cual llama abrazadora
que las mieses devora,
mas la ambicion unida á la fortuna
es torrente impetuoso,
que atropellando todo se derrama,
y devora las mieses y la llama.
Así á los pueblos se anunció el tirano:
y esta es la perspectiva aborrecida,
que ofrecerá á quien ose desrollarle
el lienzo ensangrentado de su vida.
En el infausto y execrable día
en que se vió la libertad francesa
al carro vencedor en triunfo atada;
quando al trono de Luis César subía
en medio del tumulto y la alegría
de un pueblo esclavo... Bruto[2] ¿dónde estabas...?
No es tarde aún; ven, besaré tu mano
bañada con la sangre del tirano.
¡Ay! ¡que la tierra toda estremecida
tiembla por donde pasa y brota sangre!
¡Qué nuevo crimen! ¡Dios! ¡O madre España,
tu fe pura y entera,
y tu misma virtud quanto te daña!
Un corazón virtuoso,

noble, fiel, generoso,
no sospecha jamás que se le engañe.
¡O traicion inaudita!... Las montañas
desplómense, y en polvo se deshagan;
los bramadores y hórridos volcanes
humo espeso vomiten
de sus vastas y lóbregas entrañas;
y densas nubes de humo y polvo encubran
tan gran maldad del miserable suelo,
al vengador y poderoso cielo.
¡España España! ¡La amistad sagrada,
la mas dulce necesidad del hombre
ese placer y celestial encanto,
ese lazo el más santo
de las almas, no es mas que un vano nombre
un nombre sin sentido,
y una red que el tirano te ha tendido!
Osó llamar el pérfido á tus reyes
y dióles como amigos
de la amistad el osculo fingido;
y quando en su poder seguros fueron
tratóles como viles enemigos,
y expiar les hace en bárbaras prisiones
el crimen de ser reyes, y Borbones.
Siervos del crimen, nuestros caros reyes
volvednos; sí: volvednos nuestros padres,
los Dioses de la España,
y venid á quitarlos en campaña.
Siervos viles del crimen, acordaos
de la inmortal jornada de Pavía.
De allí, del mismo campo de batalla
cautivo y prisionero

vió entrar Madrid vuestro monarca fiero.
Imitad, si podeis, tan grande hazaña.
Este es honor; y si quereis vengaros,
volvednos nuestros reyes
y venid á quitarlos en campaña.
Los siglos pasan nuestra, gloria dura:
quando á cubriros de un baldon eterno
la fiel posteridad ya se apresura.
¡O Musa, tu que viste
el furor de la mar estrepitosa,
y los vientos horrísonos oiste,
y el fracaso espantoso de las olas,
tú sola pintar puedes
el ardor de las armas españolas,
la ira y zelo con que por todas partes
va y corre la nacion precipitada
guerra clamando; y á la voz de guerra,
como brota la tierra
y las montañas brotan gente armada
á la guerra y venganza aparejada!
Guerra, venganza... Oh ¡quanto á su deseo
ya tarda en coronarse el Pirineo
de las pérfidas huestes enemigas!
Nunca el indio salvage ni el viagero,
la senda en noche lóbrega perdida,
tanto del sol ansiaron la salida,
como impaciente el español espera
mirar la luz primera
que le reflexe el enemigo acero.
¡O que sed tan violenta
de tu sangre le abraza y atormenta...!

Ya en el campo de Marte sanguinoso
le hará ver que en España,
para vengar la afrenta
de Dios, del rey y de la patria santa,
cada hombre es un soldado,
y que cada soldado es un Pelayo,
cada pecho un broquel cada arma un rayo.
Dios santo y poderoso,
brazo virtud y gloria en la pelea,
tú que tocas el monte y luego humea,
tú que miras la tierra y se estremece,
toca y mira ese pueblo que en su gloria,
sin referirla a ti, se ensobervece.
Tú ó Dios, que á los humildes y á los mansos,
la posesion has dado de la tierra,
ay! no permitas que el varon de sangre
tu nación extermine,
ni que en la tierra toda desolada,
cubierto de cadáveres domine.
Antes tú, que quisiste
para santificar la justa guerra,
el Dios de los exércitos llamarte,
y en tu pueblo caudillos elegiste,
y su defensa y su victoria fuiste,
nuestro brazo conforta, y con tu aliento,
qual huracán violento
turba las huestes del perjuro bando
que las sagradas leyes quebrantando
de amor y de amistad y santa alianza,
á guerra nos provocan y á venganza.
Y tú, mi Musa, en tanto
que el mundo tiemble de furor y espanto,

y entre los fieros males
que preceden, que siguen, que acompañan
á la venganza, la ambición, vacila;
tú, mi Musa, pacífica y tranquila,
qual tímida paloma
que se esconde en su nido
la tempestad huyendo que ya asoma,
vendrás á guarecerte,
mientras lo exija mi destino incierto,
á la sombra del árbol del desierto.

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MI RETRATO

¡Qué dignos son de risa
esos hombres soberbios,
que piensan perpetuarse
pintándose en los lienzos!
De blasones ilustres
sus cuadros están llenos,
de insignias y de libros
y pomposos letreros.
De este modo ellos piensan
que sus retratos viejos
serán un gran tesoro
a sus hijos y nietos,
y que todos los hombres
del siglo venidero
su arrugada figura
mirarán con respeto.
¡Oh, cómo se disipan
esas torres de viento!
Tú alguna vez me viste
reírme de mi abuelo
con su blonda peluca
y sus narices menos.

Si los hombres se olvidan
aun de los hombres muertos,
¿qué no harán, hermanita,
qué no harán con los lienzos?
En rincones oscuros,
de vil polvo cubiertos,
aun los hombres más grandes
duermen un sueño eterno.
Permíteme que piense
de un modo muy diverso:
otros, enhorabuena,
quieran hacerse eternos
por sus grandes hazañas,
por sus grandes talentos;
pero yo ¡vida mía!
más mérito no tengo
que ser hermano tuyo,
pues lo demás es menos
Y como el hombre sabio,
filósofo y modesto
con la vida presente
sólo vive contento,
deja que en cuanto pueda
imite estos ejemplos,
pues el sabio en sus obras
nos deja su diseño.

Así no me interesa
que tuviesen Homero,
Virgilio, Horacio, Ovidio,
buen rostro o rostro feo:
instrúyanme sus obras,
deléitenme sus versos;
lo demás, ¡amor mío!
no merece un deseo.

Deja que quieto viva
en el presente tiempo,
pues el tiempo futuro,
ya no estaré muy lejos,
insensible al aplauso,
insensible al concepto
que de mí formar quieran
los sabios y los necios.
Gózate que no tenga
esos vanos deseos;
deja que sin desquite
en mis alegres versos,
muy ufano me ría
de esos hombres soberbios
que piensan perpetuarse
pintándose en los lienzos.

¡Cuán duro es retratarse,
y más cuando uno es feo!,
por ti hago el sacrificio.
Lo mandas; te obedezco.
El pintor soy yo mismo;
venga, venga un espejo
que fielmente me diga
mis gracias y defectos.
Ya está aquí: no tan malo;
yo me juzgué más feo,
y que al verme soltara
los pinceles de miedo.
Pues ya no desconfío
de darte algún contento,
y más cuando me quieres,
y yo me lo merezco.
Imagínate, hermana,
un joven, cuyo cuerpo
tiene de alto dos varas,
si les quitas un dedo.
Mi cabello no es rubio,
pero tampoco es negro,
ni como cerda liso,
ni como pasa crespo.
La frente es espaciosa,
como hombre de provecho;
ni estirada, arrugada,
ni adusta mucho menos.

Las cejas bien pobladas
y algo oscuro su pelo,
y debajo unos ojos
que es lo mejor que tengo:
ni muy grandes, ni chicos,
ni azules, ni muy negros,
ni alegres, ni dormidos,
ni vivos, ni muy muertos.
Son grandes las narices,
y a mucho honor lo tengo,
pues narigones siempre
los hombres grandes fueron:
el célebre Virgilio,
el inmortal Homero,
el amoroso Ovidio,
mi amigo y mi maestro.
La boca no es pequeña,
ni muy grande en extremo;
el labio no es delgado,
ni pálido, o de fuego.
Los dientes son muy blancos,
cabales y parejos,
y de todo me río
para que puedan verlos.
La barba es algo aguda,
pero con poco pelo:
me alegro, que eso menos
tendré de caballero.

Sobre todo, el conjunto
algo tosco lo creo:
el color no es muy blanco,
pero tampoco es prieto.
Menudas, pero muchas
cacarañitas tengo,
pues que nunca faltaron
sus estrellas al cielo.
Mas por todo mi rostro
vaga un aire modesto,
cual transparente velo
que encubre mis defectos.
Hermana, ésta es mi cara:
¿qué tal?, ¿te ha dado miedo?
Pues aguarda, que paso
a pintarte mi cuerpo.
No es largo, ni encogido,
ni gordo mi pescuezo:
tengo algo anchos los hombros
y no muy alto el pecho.
Yo no soy corcobado
mas tampoco muy tieso;
aire de petimetre
ni tengo ni lo quiero.
La pierna no es delgada,
el muslo no es muy grueso,
y el pie que Dios me ha dado
no es grande ni pequeño.
El vestido que gasto
debe siempre ser negro,
que, ausente de ti, sólo,
de luto vestir debo.
Una banda celeste
me cruza por el pecho,
que suele ser insignia
de honor en mi colegio.
Ya miras cómo en todo
disto de los extremos;
pues lo mismo, lo mismo
es el alma que tengo.
En vicios, en virtudes,
pasiones y talentos,
en todo ¡vida mía!
en todo guardo un medio:
sólo, sólo en amarte
me voy hasta el extremo.
Mi trato y mis modales
van a par con mi genio:
blandos, dulces, sin arte
lo mismo que mis versos.
Este es, pues, mi retrato,
el cual queda perfecto,
si una corona en torno
de su frente ponemos,
de rosas enlazadas
al mirto y laurel tierno,
que el Amor y las Musas
alegres me ciñeron.
Y siéntame a la orilla
de un plácido arroyuelo,
a la sombra de un árbol,
floridos campos viendo;
y en un rincón del cuadro
tirados en el suelo,
el sombrero, la banda,
las borlas y el capelo.
Me pondrán en el hombro
con mil lascivos juegos
la amorosa paloma
que me ha ofrecido Venus.
Junto a mí, pocos libros,
muy pocos, pero buenos:
Virgilio, Horacio, Ovidio;
a Plutarco, al de Teyo,
a Richardson, a Pope,
y a ti ¡oh Valdés!, ¡oh tierno
amigo de las Musas,
mi amor y mi embeleso!
Y al pie de mi retrato,
pondrán este letrero:
«Amó cuanto era amable,
amó cuanto era bello».

¡Oh, retrato dichoso!,
vas donde yo no puedo:
tu suerte venturosa
¡con cuánta envidia veo!
Anímate a la vista
de aquella que más quiero,
y dile mis ternuras,
y dile mis deseos.
Dale mil y mil veces
pruebas de mi amor tierno,
y dale mil abrazos,
y en la mejilla un beso.

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A UN AMIGO

(Don Gaspar Rico)

En el nacimiento de su primogénito

¡Tanto bien es vivir, que presurosos
deudos y amigos plácidos rodean
la cuna del que nace,
y en versos numerosos
con felices pronósticos recrean
la ilusión paternal! Uno la frente
besa del inocente
y en ella lee su próspero destino;
otro, ingenio divino,
sed de saber y fama
y de amor patrio la celeste llama
ve en sus ojos arder; y la ternura,
el candor y piedad otro divisa
en su graciosa y plácida sonrisa.

Pero ¿será feliz?, ¿o serán tantas
hermosas esperanzas, ilusiones?
Ilusiones, Risel. Ese agraciado
niño, tu amor y tu embeleso ahora,
hombre nace a miseria condenado.
Vanos títulos son para librarle
su fortuna, su nombre.
Mas ¿qué hablo yo de nombre y de fortuna?,
si su misma virtud y sus talentos
serán en estos malhadados días
un crimen sin perdón... La moral pura
la simple, la veraz filosofía,
y tus leyes seguir, madre Natura,
impiedad se dirá. Rasgar el velo
que la superstición, la hipocresía
tienden a la maldad; decir que el cielo
límites ciertos al poder prescribe
como a la mar; y que la mar insana
menos desobediente
es al alto decreto omnipotente:
impiedad... sedición... Por toda parte,
la frente erguida, el vicio se pasea,
llevando por divisa «audacia y arte».
Tienta, seduce, inflama,
ni oro, ni afán perdona;
da a la maldad por galardón la fama,
se atreve a todo, y triunfa, y se corona.
¡Qué escenas, Dios!, ¡qué ejemplos!, ¡qué peligro!
¿Y es tanto bien vivir? -¡Siquiera el cielo
a más serenos días retardará,
oh niño, tu nacer!, que ahora sólo
el indigno espectáculo te espera
de una patria en mil partes lacerada,
sangre filial brotando por doquiera,
y, crinada de sierpes silbadoras,
la discordia indignada
sacudiendo, cual furia horrible y fea,
su pestilente y ominosa tea.

¡Oh!, ¡si te fuera dado al seno oscuro
pero dulce y seguro,
de la nada tornar!... y de este hermoso
y vivífico sol, alma del mundo,
no volver a la luz, sino allá cuando
ceñida en lauro de victoria ostente
la dulce patria su radiosa frente,
el astro del saber termine
su conocido giro al occidente,
y el culto del arado y de las artes,
más preciosas que el oro,
haga reflorecer en lustre eterno,
candor, riqueza y nacional decoro,
y leyes de virtud y amor dictando,
en lazo federal las gentes todas
adune la alma paz, y se amen todas...
y ¡oh triunfo!, derrocados
caigan al hondo abismo
error, odio civil y fanatismo.

Traed, cielos, en alas presurosas
este de expectación hermoso día.
Entretanto, Risel, cauto refrena
el vuelo de esperanza y de alegría.
¡Oh, cuántas veces una flor graciosa
que al primer rayo matinal se abría,
y gloria del vergel la proclamaba
la turba de los hijos de la Aurora,
y algún tierno amador la destinaba
a morir perfumando el casto seno
de la más bella y más feliz pastora!,
¡oh, cuántas veces mustia y desmayada
no llega a ver el sol, que de improviso
la abrasa el hielo, el viento la deshoja,
o quizá hollada por la planta impura
de una bestia feroz ve su hermosura!

Empero tu deber, Risel amado,
ya que te ves alzado
a la sublime dignidad de padre,
te manda no temer; antes el fuerte
pecho contraponer a la violenta
avenida del mal y de la suerte.
Virtud, ingenio tienes. Sirva todo,
no sólo a dirigir la índole tierna
de tu hijo al bien, que en desunión eterna
está con la ambición y la mentira,
sino a purificar en algún modo
el aire infecto que doquier respira.
Aprenda de tu ejemplo
prudencia, no doblez; valor, no audacia;
moderación en próspera fortuna,
constante dignidad en la desgracia.
Porque cuando en el monte se embravece
hórrida tempestad, el flaco arbusto
trabajado del ábrego perece,
mas al humilde suelo nunca inclina
su excelsa frente la robusta encina,
antes allá en las nubes señorea
los elementos en su guerra impía
y al fulgurante rayo desafía.

Y tú, mi dulce amiga, cuyo hermoso
corazón es el ara
del amor conyugal y la ternura,
que por seguir y consolar tu esposo,
en tabla mal segura
osaste hollar con varonil denuedo
mares por sus naufragios tan famosas,
y cortes más que mares procelosas;
tú, que aun en medio del dolor serena,
viste abrirse a tus pies la tumba oscura,
ni asomada a su abismo te espantaste,
y ansiedad, y amargura,
en los pesares sólo,
mal merecidos, de Risel mostraste,
o cuando el tierno pecho te asaltaba
dulce memoria de tu patria ausente;
¡oh!, entonces no sabías
que al volver a tu patria y tus amigos
en premio el cielo a tu virtud guardaba
lo que negó a diez años de deseos,
y que madre a tu madre abrazarías.

Gózate para siempre, amiga mía;
huyó la nube en tempestad preñada,
y te amanece bonancible día.
Éste, éste de la patria el caro suelo,
éste su dulce y apacible cielo,
éstos tus lares son. ¿Por qué suspiras?
No es ya mentido sueño lo qué miras...
Esa que tierna abrazas es tu madre,
tú, más feliz que yo, tu madre abrazas...
mientras yo ¡desdichado!,
sólo en la tumba abrazaré la mía.

Tú, sé feliz, y goza ya, segura
de sobresalto fiero,
inefable delicia en el cariño
de este precioso niño,
primera prenda de tu amor primero.
Paréceme mirarte embebecida
en sus ingenuas y festivas gracias;
y, cuando más absorta, de improviso
una lágrima ardiente
de tus ojos brotar... el inocente
cual si entendiera lo que entonces piensas,
las manecitas cariñosas tiende,
abre en sonrisa la encarnada boca
y el dulce beso maternal provoca.
Bésale, veces mil, y esta dulzura
divide con Risel. Sabia Natura
no te formó al nacer amable, hermosa,
sino para ser madre y ser esposa.
Y tú, querido infante, que ignorando
cuál será tu destino, en la dorada
blanda cuna te meces,
y agraciado sonríes
o ledo te adormeces;
ya que mirar la luz te ha dado el cielo,
vive, florece; y tus amigos vean
que en honor y consuelo
de tu familia y de tu patria creces.

Sigue como tus padres alentado
de la virtud la senda,
y nada temas; que en cualquier estado
vive el hombre de bien serenamente
a una y otra fortuna preparado.
Y libre, o en cadena, y aun alzada
sobre su cuello la funesta espada,
en noble impavidez antes la frente
a la ceñuda adversidad humilla
que a un risueño tirano la rodilla.

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CANCIÓN AL 9 DE OCTUBRE (HIMNO DE GUAYAQUIL)

¿Veis esa luz amable
que raya en el oriente,
cada vez más luciente
en gracia celestial?
Esa es la aurora plácida
que anuncia libertad.
Esa es la aurora plácida
que anuncia libertad.

Coro

Saludemos gozosas
en armoniosos cánticos
esa aurora gloriosa
que anuncia libertad,
libertad, libertad.

Nosotras guardaremos
con ardor indecible
tu fuego inextinguible,
oh santa libertad,
como vestales vírgenes
que sirven a tu altar,
como vestales vírgenes
que sirven a tu altar.

Coro

Saludemos gozosas
en armoniosos cánticos
esa aurora gloriosa
que anuncia libertad,
libertad, libertad.

Haz que en el suelo que amas
florezca en todas partes
el culto de las artes
y el honor nacional.
Y da con mano pródiga
los bienes de la paz,
y da con mano pródiga
los bienes de la paz.

Coro

Saludemos gozosas
en armoniosos cánticos
esa aurora gloriosa
que anuncia libertad,
libertad, libertad.

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A ELIZA

¿No ves cuán pronto por la azul esfera
el vuelo de las horas se desliza?,
¿no ves, amable Eliza,
marchitarse al nacer las tiernas flores
de la fugaz y alegre primavera?
Pues ¡ay!, con más presteza
nacen, desaparecen los amores,
las gracias de la edad y la belleza.
Feliz en todas partes
quien con el grato estudio de las artes
mezclando las lecciones
de virtud y piedad, engaña, burla
del tiempo y de sus hijas estaciones
la ciega rapidez y la inconstancia.

Así cuando la bella primavera
pierde su gala y virginal sonrisa
y se retira triste
de tu jardín, Eliza,
huyendo del invierno los enojos,
al fuego de tu genio y de tus ojos
con sus vivos colores y fragancia
bajo de tu pincel nace en tu estancia.

En tu estancia feliz que yo contemplo
será con tu presencia
el más hermoso templo
del gusto, la piedad y la inocencia,
a cuyo culto y plácidos misterios
vestal sacerdotisa
con tu graciosa hermana será Eliza.

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DÉCIMAS

Para templar el calor
de la estación y la edad,
me abandonas sin piedad,
mi hechizo, mi único amor.
Te engañas, porque el ardor
de un alma fina y constante,
si está de su bien distante,
crece en el agua, en la nieve,
y sólo templarse debe
en el seno de un amante.

Ven, pues, dulce amiga, luego,
que tú eres la sola fuente
que puede mi sed ardiente
saciar, y templar mi fuego.
En vano buscaré ciego
más gracia, más perfección,
otro afecto, otra pasión,
porque tus ojos divinos
solos saben los caminos
que van a mi corazón.

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A UNA AMIGA

Arroyo cristalino,
que con susurro blando
vas del monte a la selva
y de la selva al prado;

travieso cefirillo,
que con tu aliento grato
mueves hojas y flores
que son gala del campo;

parleras avecillas,
que en trinos regalados,
cuando el sol nace o muere,
llenáis el aire vago;

y cuando vive y crece
en este suelo bajo,
y cuanto se remonta
hasta el cielo estrellado;

todo cuanto florece
en los valles y prados,
y aun las bestias feroces
que son del monte espanto;

todos conmigo unidos
en coros acordados,
celebremos el día
de la que hace mi encanto.

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A SU ESPOSA

Ya se acerca, amor mío,
¡ay!, palomita mía,
ya se acerca ¡ay!, el día
que nos va a dividir.
Sólo tristes memorias
y recuerdos fatales...
de amor todos los males
me quedan que sufrir.

Como tórtola viuda
que triste a cada hora
gime, suspira y llora
por su perdido amor,
así yo inconsolable,
ausente de mi amada,
tendré siempre clavada
la espada del dolor.

Mi corazón de pena
dentro del pecho muere...
mas la Patria lo quiere,
y es fuerza obedecer...
Pide a Dios, vida mía,
con ruegos incesantes
que me traiga cuanto antes
al nido del placer.

Con mil dulces razones
el amor me detiene...
y el deber me previene
lo que es forzoso hacer.
¿Qué haré, pues, amor mío,
siendo en este momento
igualmente violento
mi amor y mi deber?

Pues bien, cumplir con ambos,
es duro y buen consejo,
y aunque de ti me alejo,
contigo quedaré;
así con ambos cumplo,
dando en serena calma,
al amor toda mi alma,
y el cuerpo a mi deber.

Yo parto, ¡oh, qué tormento!,
¡oh, qué terrible ausencia!,
dame, oh Dios, resistencia
para tan gran dolor.
Yo parto, y conjurados
veré a cada momento
contra mí al mar, al viento,
la ausencia y el amor.

Y tú, hechizo de mi alma,
mi único amor, mi vida,
después de mi partida,
¿te acordarás de mí?
Yo, de noche y de día
siempre estaré penando,
Rosita, en ti pensando,
pensado sólo en ti.

Cual sombra inseparable
mi amante pensamiento
siempre, a todo momento,
estará junto a ti.
Así, pues, siempre, siempre,
aunque me creas distante,
podrás decir: mi amante
delante está de mí.

Recogeré el aliento
que tu boca respira...
Mi cuerpo se retira,
pero mi alma jamás.
Sabré tus pensamientos,
y oiré tus palabras;
cuando tus labios abras,
los míos encontrarás.

No temas, amor mío,
mi palomita amada,
que haya en el mundo nada
que me haga vacilar,
pues vivir en tu pecho,
que es mi único deseo,
vale más que un empleo,
vale más que reinar.

Yo veré mil bellezas,
mas con ojo tan frío,
que nunca al pecho mío
llegará su impresión;
porque tus ojos solos
con un arte divino
conocen el camino
que va a mi corazón.

No tendré allá, aunque quiera,
ningún afecto nuevo,
pues conmigo no llevo
ni alma, ni corazón:
que el corazón y el alma
que antes tenía conmigo,
se quedan ya contigo,
como en dulce prisión.

Sin ti ¿qué haré, mi vida?
Siempre ¡ay!, como demente,
cual si fueras presente,
clamaré con fervor:
«Ven, palomita mía,
ven al caliente nido,
que aquí en mi pecho herido
te ha formado el amor.

Ven, mi única esperanza,
mi único pensamiento,
ven, mi único contento,
ven, mi única pasión.»
Y al ver que no me oyes
ni que estás a mi lado,
seré más desgraciado
por mi dulce ilusión.

Otras veces teniendo
tu retrato delante,
cual frenético amante,
mil cariños le haré;
creeré que con mi fuego
tus labios animados
me vuelven duplicados
los besos que te dé.

Otras veces más necio,
como el que algo ha perdido,
a todos distraído,
por ti preguntaré:
«¿Dónde está mi paloma,
causa de mis placeres?
Si no la conocieres,
las señas te daré.

Es... lo que yo no puedo,
ni nadie explicar puede...
la que a todos excede,
es la rosa de abril;
es la rosa que espera
en su botón gracioso
un calor amoroso
para empezarse a abrir.»

Mas, ¿cuál es mi delirio?
¡Ay de mí!, en mi tardanza
ni el bien de la esperanza
me podrá consolar...
Cree, mi alma, que es un pecho
muy tierno y amoroso
donde el amor hermoso
te ha erigido un altar.

Piensa que por ti vivo,
piensa que sin ti muero,
que eres mi amor primero
y mi último serás.
Adiós... ¡ay!, no te olvides
que eres objeto eterno
de este amor dulce y tierno,
de este amor inmortal.

Piensa que de ti ausente
no es vida la que vivo,
y que siempre recibo
aumento en mi dolor.
Piensa que esta gran pena,
piensa que este tormento
aun me quita el aliento
para decirte... adiós.

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LA VICTORIA DE JUNÍN (CANTO A BOLÍVAR)

El trueno horrendo que en fragor revienta
y sordo retumbando se dilata
por la inflamada esfera,
al Dios anuncia que en el cielo impera.

Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta
la hispana muchedumbre
que, más feroz que nunca, amenazaba,
a sangre y fuego, eterna servidumbre,
y el canto de victoria
que en ecos mil discurre, ensordeciendo
el hondo valle y enriscada cumbre,
proclaman a Bolívar en la tierra
árbitro de la paz y de la guerra.

Las soberbias pirámides que al cielo
el arte humano osado levantaba
para hablar a los siglos y naciones
-templos do esclavas manos
deificaban en pompa a sus tiranos-,
ludibrio son del tiempo, que con su ala
débil, las toca y las derriba al suelo,
después que en fácil juego el fugaz viento
borró sus mentirosas inscripciones;
y bajo los escombros, confundido
entre la sombra del eterno olvido
-¡oh de ambición y de miseria ejemplo!-
el sacerdote yace, el dios y el templo.

Mas los sublimes montes, cuya frente
a la región etérea se levanta,
que ven las tempestades a su planta
brillar, rugir, romperse, disiparse,
los Andes, las enormes, estupendas
moles sentadas sobre bases de oro,
la tierra con su peso equilibrando,
jamás se moverán. Ellos, burlando
de ajena envidia y del protervo tiempo
la furia y el poder, serán eternos
de libertad y de victoria heraldos,
que con eco profundo,
a la postrema edad dirán del mundo:
«Nosotros vimos de Junín el campo,
vimos que al desplegarse
del Perú y de Colombia las banderas,
se turban las legiones altaneras,
huye el fiero español despavorido,
o pide paz rendido.
Venció Bolívar, el Perú fue libre,
y en triunfal pompa Libertad sagrada
en el templo del Sol fue colocada.»

¿Quién me dará templar el voraz fuego
en que ardo todo yo? Trémula, incierta,
torpe la mano va sobre la lira
dando discorde son. ¿Quién me liberta
del dios que me fatiga...?

Siento unas veces la rebelde Musa,
cual bacante en furor, vagar incierta
por medio de las plazas bulliciosas,
o sola por las selvas silenciosas,
o las risueñas playas
que manso lame el caudaloso Guayas;
otras el vuelo arrebatada tiende
sobre los montes, y de allí desciende
al campo de Junín, y ardiendo en ira,
los numerosos escuadrones mira,
que el odiado pendón de España arbolan,
y en cristado morrión y peto armada,
cual amazona fiera,
se mezcla entre las filas la primera
de todos los guerreros,
y a combatir con ellos se adelanta,
triunfa con ellos y sus triunfos canta.

Tal en los siglos de virtud y gloria,
donde el guerrero sólo y el poeta
eran dignos de honor y de memoria,
la musa audaz de Píndaro divino,
cual intrépido atleta,
en inmortal porfía
al griego estadio concurrir solía;
y en estro hirviendo y en amor de fama
y del metro y del número impaciente,
pulsa su lira de oro sonorosa
y alto asiento concede entre los dioses
al que fuera en la lid más valeroso,
o al más afortunado;
pero luego, envidiosa
de la inmortalidad que les ha dado,
ciega se lanza al circo polvoroso,
las alas rapidísimas agita
y al carro vencedor se precipita,
y desatando armónicos raudales
pide, disputa, gana,
o arrebata la palma a sus rivales.

¿Quién es aquel que el paso lento mueve
sobre el collado que a Junín domina?
¿que el campo desde allí mide, y el sitio
del combatir y del vencer desina?
¿que la hueste contraría observa, cuenta,
y en su mente la rompe y desordena,
y a los más bravos a morir condena,
cual águila caudal que se complace
del alto cielo en divisar la presa
que entre el rebaño mal segura pace?
¿Quién el que ya desciende
pronto y apercibido a la pelea?
Preñada en tempestades le rodea
nube tremenda; el brillo de su espada
es el vivo reflejo de la gloria;
su voz un trueno, su mirada un rayo.
¿Quién aquél que al trabarse la batalla,
ufano como nuncio de victoria,
un corcel impetuoso fatigando,
discurre sin cesar por toda parte...?
¿Quién sino el hijo de Colombia y Marte?

Sonó su voz: «Peruanos,
mirad allí los duros opresores
de vuestra patria; bravos Colombianos
en cien crudas batallas vencedores,
mirad allí los enemigos fieros
que buscando venís desde Orinoco:
suya es la fuerza y el valor es vuestro,
vuestra será la gloria;
pues lidiar con valor y por la patria
es el mejor presagio de victoria.
Acometed, que siempre
de quien se atreve más el triunfo ha sido;
quien no espera vencer, ya está vencido.»

Dice, y al punto, cual fugaces carros,
que dada la señal, parten y en densos
de arena y polvo torbellinos ruedan,
arden los ejes, se estremece el suelo,
estrépito confuso asorda el cielo,
y en medio del afán cada cual teme
que los demás adelantarse puedan:
así los ordenados escuadrones
que del iris reflejan los colores
o la imagen del sol en sus pendones,
se avanzan a la lid. ¡Oh! ¡quién temiera,
quién, que su ímpetu mismo los perdiera!

¡Perderse! no, jamás; que en la pelea
los arrastra y anima e importuna
de Bolívar el genio y la fortuna.
Llama improviso al bravo Necochea,
y mostrándole el campo,
partir, acometer, vencer le manda,
y el guerrero esforzado,
otra vez vencedor, y otra cantado,
dentro en el corazón por patria jura
cumplir la orden fatal, y a la victoria
o a noble y cierta muerte se apresura.

Ya el formidable estruendo
del atambor en uno y otro bando
y el son de las trompetas clamoroso,
y el relinchar del alazán fogoso,
que erguida la cerviz y el ojo ardiendo
en bélico furor, salta impaciente
do más se encruelece la pelea,
y el silbo de las balas, que rasgando
el aire, llevan por doquier la muerte,
y el choque asaz horrendo
de selvas densas de ferradas picas,
y el brillo y estridor de los aceros
que al sol reflectan sanguinosos visos,
y espadas, lanzas, miembros esparcidos
o en torrentes de sangre arrebatados,
y el violento tropel de los guerreros
que más feroces mientras más heridos,
dando y volviendo el golpe redoblado,
mueren, mas no se rinden... todo anuncia
que el momento ha llegado,
en el gran libro del destino escrito,
de la venganza al pueblo americano,
de mengua y de baldón al castellano.

Si el fanatismo con sus furias todas,
hijas del negro averno, me inflamara,
y mi pecho y mi musa enardeciera
en tartáreo furor, del león de España,
al ver dudoso el triunfo, me atreviera
a pintar el rencor y horrible saña.
Ruge atroz, y cobrando
más fuerza en su despecho, se abalanza,
abriéndose ancha calle entre las haces,
por medio el fuego y contrapuestas lanzas;
rayos respira, mortandad y estrago,
y sin pararse a devorar la presa,
prosigue en su furor, y en cada huella
deja de negra sangre un hondo lago.

En tanto el Argentino valeroso
recuerda que vencer se le ha mandado,
y no ya cual caudillo, cual soldado
los formidables ímpetus contiene
y uno en contra de ciento se sostiene,
como tigre furiosa
de rabiosos mastines acosada,
que guardan el redil, mata, destroza,
ahuyenta sus contrarios, y aunque herida,
sale con la victoria y con la vida.

Oh capitán valiente,
blasón ilustre de tu ilustre patria,
no morirás, tu nombre eternamente
en nuestros fastos sonará glorioso,
y bellas ninfas de tu Plata undoso
a tu gloria darán sonoro canto
y a tu ingrato destino acerbo llanto.

Ya el intrépido Miller aparece
y el desigual combate restablece.
Bajo su mando ufana
marchar se ve la juventud peruana
ardiente, firme, a perecer resuelta,
si acaso el hado infiel vencer le niega.
En el arduo conflicto opone ciega
a los adversos dardos firmes pechos,
y otro nombre conquista con sus hechos.

¿Son ésos los garzones delicados
entre seda y aromas arrullados?
¿los hijos del placer son esos fieros?
Sí, que los que antes desatar no osaban
los dulces lazos de jazmín y rosa
con que amor y placer los enredaban,
hoy ya con mano fuerte
la cadena quebrantan ponderosa
que ató sus pies, y vuelan denodados
a los campos de muerte y gloria cierta,
apenas la alta fama los despierta
de los guerreros que su cara patria
en tres lustros de sangre libertaron,
y apenas el querido
nombre de libertad su pecho inflama,
y de amor patrio la celeste llama
prende en su corazón adormecido.

Tal el joven Aquiles
que en infame disfraz y en ocio blando
de lánguidos suspiros,
los destinos de Grecia dilatando,
vive cautivo en la beldad de Sciros:
los ojos pace en el vistoso alarde
de arreos y de galas femeniles
que de India y Tiro y Menfis opulenta
curiosos mercadantes le encarecen;
mas a su vista apenas resplandecen
pavés, espada y yelmo, que entre gasas
el Itacense astuto le presenta,
pásmase... se recobra, y con violenta
mano el templado acero arrebatando,
rasga y arroja las indignas tocas,
parte, traspasa el mar y en la troyana
arena muerte, asolación, espanto
difunde por doquier; todo le cede...
aun Héctor retrocede...
y cae al fin, y en derredor tres veces
su sangriento cadáver profanado,
al veloz carro atado
del vencedor inexorable y duro,
el polvo barre del sagrado muro.

Ora mi lira resonar debía
del nombre y las hazañas portentosas
de tantos capitanes, que este día
la palma del valor se disputaron
digna de todos... Carvajal... y Silva...
y Suárez... y otros mil... Mas de improviso
la espada de Bolívar aparece
y a todos los guerreros,
como el sol a los astros, oscurece.

Yo acaso más osado le cantara,
si la meonia Musa me prestara
la resonante trompa que otro tiempo
cantaba al crudo Marte entre los Traces,
bien animando las terribles haces,
bien los fieros caballos, que la lumbre
de la égida de Palas espantaba.

Tal el héroe brillaba
por las primeras filas discurriendo.
Se oye su voz, su acero resplandece,
do más la pugna y el peligro crece.
Nada le puede resistir... Y es fama.
-¡oh portento inaudito!
que el bello nombre de Colombia escrito
sobre su frente, en torno despedía
rayos de luz tan viva y refulgente
que, deslumbrado el español, desmaya,
tiembla, pierde la voz, el movimiento,
sólo para la fuga tiene aliento.

Así cuando en la noche algún malvado
va a descargar el brazo levantado,
si de improviso lanza un rayo el cielo,
se pasma y el puñal trémulo suelta,
hielo mortal a su furor sucede,
tiembla y horrorizado retrocede.
Ya no hay más combatir. El enemigo
el campo todo y la victoria cede;
huye cual ciervo herido, y a donde huye,
allí encuentra la muerte. Los caballos
que fueron su esperanza en la pelea,
heridos, espantados, por el campo
o entre las filas vagan, salpicando
el suelo en sangre que su crin gotea,
derriban al jinete, lo atropellan,
y las catervas van despavoridas,
o unas en otras con terror se estrellan.

Crece la confusión, crece el espanto,
y al impulso del aire, que vibrando
sube en clamores y alaridos lleno,
tremen las cumbres que respeta el trueno.
Y discurriendo el vencedor en tanto
por cimas de cadáveres y heridos,
postra al que huye, perdona a los rendidos

Padre del universo, Sol radioso,
dios del Perú, modera omnipotente
el ardor de tu carro impetüoso,
y no escondas tu luz indeficiente...
Una hora más de luz... -Pero esta hora
no fue la del destino. El dios oía
el voto de su pueblo; y de la frente
el cerco de diamante desceñía.
En fugaz rayo el horizonte dora,
en mayor disco menos luz ofrece
y veloz tras los Andes se oscurece.

Tendió su manto lóbrego la noche:
y las reliquias del perdido bando,
con sus tristes y atónitos caudillos,
corren sin saber dónde, espavoridas,
y de su sombra misma se estremecen;
y al fin en las tinieblas ocultando
su afrenta y su pavor, desaparecen.

¡Victoria por la patria! ¡oh Dios, victoria!
¡Triunfo a Colombia y a Bolívar gloria!

Ya el ronco parche y el clarín sonoro
no a presagiar batalla y muerte suena
ni a enfurecer las almas, mas se estrena
en alentar el bullicioso coro
de vivas y patrióticas canciones.
Arden cien pinos, y a su luz, las sombras
huyeron, cual poco antes desbandadas
huyeron de la espada de Colombia
las vandálicas huestes debeladas.

En torno de la lumbre,
el nombre de Bolívar repitiendo
y las hazañas de tan claro día,
los jefes y la alegre muchedumbre
consumen en acordes libaciones
de Baco y Ceres los celestes dones.

«Victoria, paz -clamaban-,
paz para siempre. Furia de la guerra,
húndete al hondo averno derrocada.
Ya cesa el mal y el llanto de la tierra.
Paz para siempre. La sanguínea espada,
o cubierta de orín ignominioso,
o en el útil arado transformada
nuevas leyes dará. Las varias gentes
del mundo, que a despecho de los cielos
y del ignoto ponto proceloso,
abrió a Colón su audacia o su codicia,
todas ya para siempre recobraron
en Junín libertad, gloria y reposo.»

«Gloria, mas no reposo» -de repente
clamó una voz de lo alto de los cielos-;
y a los ecos los ecos por tres veces
«Gloria, mas no reposo», respondieron.
El suelo tiembla, y cual fulgentes faros,
de los Andes las cúspides ardieron;
y de la noche el pavoroso manto
se transparenta y rásgase y el éter
allá lejos purísimo aparece,
y en rósea luz bañado resplandece.
Cuando improviso, veneranda Sombra,
en faz serena y ademán augusto,
entre cándidas nubes se levanta:
del hombro izquierdo nebuloso manto
pende, y su diestra aéreo cetro rige;
su mirar noble, pero no sañudo;
y nieblas figuraban a su planta
penacho, arco, carcaj, flechas y escudo;
una zona de estrellas
glorificaba en derredor su frente
y la borla imperial de ella pendiente.

Miró a Junín, y plácida sonrisa
vagó sobre su faz. «Hijos -decía-
generación del sol afortunada,
que con placer yo puedo llamar mía,
yo soy Huayna-Cápac, soy el postrero
del vástago sagrado;
dichoso rey, mas padre desgraciado.
De esta mansión de paz y luz he visto
correr las tres centurias
de maldición, de sangre y servidumbre
y el imperio regido por las Furias.

No hay punto en estos valles y estos cerros
que no mande tristísimas memorias.
Torrentes mil de sangre se cruzaron
aquí y allí; las tribus numerosas
al ruido del cañón se disiparon,
y los restos mortales de mi gente
aun a las mismas rocas fecundaron.
Más allá un hijo expira entre los hierros
de su sagrada majestad indignos...
Un insolente y vil aventurero
y un iracundo sacerdote fueron
de un poderoso Rey los asesinos...
¡Tantos horrores y maldades tantas
por el oro que hollaban nuestras plantas!

Y mi Huáscar también... ¡Yo no vivía!
Que de vivir, lo juro, bastaría,
sobrara a debelar la hidra española
ésta mi diestra triunfadora, sola.
Y nuestro suelo, que ama sobre todos
el Sol mi padre, en el estrago fiero
no fue, ¡oh dolor!, ni el solo, ni el primero:
que mis caros hermanos
el gran Guatimozín y Motezuma
conmigo el caso acerbo lamentaron
de su nefaria muerte y cautiverio,
y la devastación del grande imperio,
en riqueza y poder igual al mío...
Hoy, con noble desdén, ambos recuerdan
el ultraje inaudito, y entre fiestas
alevosas el dardo prevenido
y el lecho en vivas ascuas encendido.

¡Guerra al usurpador! -¿Qué le debemos?
¿luces, costumbres, religión o leyes...?
¡Si ellos fueron estúpidos, viciosos,
feroces y por fin supersticiosos!
¿Qué religión? ¿la de Jesús?... ¡Blasfemos!
Sangre, plomo veloz, cadenas fueron
los sacramentos santos que trajeron.
¡Oh religión! ¡oh fuente pura y santa
de amor y de consuelo para el hombre!
¡cuántos males se hicieron en tu nombre!
¿Y qué lazos de amor...? Por los oficios
de la hospitalidad más generosa
hierros nos dan, por gratitud, suplicios.
Todos, sí, todos; menos uno sólo:
el mártir del amor americano,
de paz, de caridad apóstol santo,
divino Casas, de otra patria digno;
nos amó hasta morir. Por tanto ahora
en el empíreo entre los Incas mora.

En tanto la hora inevitable vino
que con diamante señaló el destino
a la venganza y gloria de mi pueblo:
y se alza el vengador. Desde otros mares,
como sonante tempestad, se acerca,
y fulminó; y del Inca en la Peana,
que el tiempo y un poder furial profana,
cual de un dios irritado en los altares,
las víctimas cayeron a millares.
«¡Oh campos de Junín!... ¡Oh predilecto
Hijo y Amigo y Vengador del Inca!
¡Oh pueblos, que formáis un pueblo sólo
y una familia, y todos sois mis hijos!
vivid, triunfad...»
El Inca esclarecido
iba a seguir, mas de repente queda
en éxtasis profundo embebecido:
atónito, en el cielo
ambos ojos inmóviles ponía,
y en la improvisa inspiración absorto,
la sombra de una estatua parecía.

Cobró la voz al fin. «Pueblos -decía-
la página fatal ante mis ojos
desenvolvió el destino, salpicada
toda en purpúrea sangre, mas en torno
también en bello resplandor bañada.
Jefe de mi nación, nobles guerreros,
oíd cuanto mi oráculo os previene,
y requerid los ínclitos aceros,
y en vez de cantos nueva alarma suene;
que en otros campos de inmortal memoria
la Patria os pide, y el destino os manda
otro afán, nueva lid, mayor victoria.»

Las legiones atónitas oían:
mas luego que se anuncia otro combate,
se alzan, arman, y al orden de batalla
ufanas y prestísimas corrieran
y ya de acometer la voz esperan.

Reina el silencio; mas de su alta nube
el Inca exclama: «De ese ardor es digna
la ardua lid que os espera;
ardua, terrible, pero al fin postrera.
Ese adalid vencido
vuela en su fuga a mi sagrada Cuzco,
y en su furia insensata,
gentes, armas, tesoros arrebata,
y a nuevo azar entrega su fortuna;
venganza, indignación, furor le inflaman
y allá en su pecho hirvieron, como fuegos
que de un volcán en las entrañas braman.
Marcha; y el mismo campo donde ciegos
en sangrienta porfía
los primeros tiranos disputaron
cuál de ellos solo dominar debía
-pues el poder y el oro dividido
templar su ardiente fiebre no podía-,
en ese campo, que a discordia ajena
debió su infausto nombre y la cadena
que después arrastró todo el imperio,
allí, no sin misterio,
venganza y gloria nos darán los cielos.
¡Oh valle de Ayacucho bienhadado!
Campo serás de gloria y de venganza...
Mas no sin sangre... ¡Yo me estremeciera
si mi ser inmortal no lo impidiera!

Allí Bolívar en su heroica mente
mayores pensamientos revolviendo,
el nuevo triunfo trazará, y haciendo
de su genio y poder un nuevo ensayo,
al joven Sucre prestará su rayo,
al joven animoso,
a quien del Ecuador montes y ríos
dos veces aclamaron victorioso.
Ya se verá en la frente del guerrero
toda el alma del héroe reflejada,
que él le quiso infundir de una mirada.

Como torrentes desde la alta cumbre
al valle en mil raudales despeñados,
vendrán los hijos de la infanda Iberia,
soberbios en su fiera muchedumbre,
cuando a su encuentro volará impaciente
tu juventud, Colombia belicosa,
y la tuya, ¡oh Perú! de fama ansiosa,
y el caudillo impertérrito a su frente.

¡Atroz, horrendo choque, de azar lleno!
Cual aturde y espanta en su estallido
de hórrida tempestad el postrer trueno.
Arder en fuego el aire,
en humo y polvo oscurecerse el cielo
y, con la sangre en que rebosa el suelo,
se verá al Apurímac de repente
embravecer su rápida corriente.

Mientras por sierras y hondos precipicios,
a la hueste enemiga
el impaciente Córdova fatiga,
Córdova, a quien inflama
fuego de edad y amor de patria y fama,
Córdova, en cuyas sienes con bello arte
crecen y se entrelazan
tu mirto, Venus, tus laureles, Marte.
Con su Miller los Húsares recuerdan
el nombre de Junín, Vargas su nombre,
y Vencedor el suyo22 con su Lara
en cien hazañas cada cual más clara.

Allá por otra parte,
sereno, pero siempre infatigable,
terrible cual su nombre, batallando
se presenta La Mar,23 y se apresura
la tarda rota del protervo bando.
Era su antiguo voto, por la patria
combatir y morir; Dios complacido
combatir y vencer le ha concedido.
Mártir del pundonor, he aquí tu día:
ya la calumnia impía
bajo tu pie bramando confundida,
te sonríe la Patria agradecida;
y tu nombre glorioso,
el armónico canto que resuena
en las floridas margenes del Guayas
que por oírlo su corriente enfrena,
se mezclará, y el pecho de tu amigo,
tus hazañas cantando y tu ventura,
palpitará de gozo y de ternura.

Lo grande y peligroso
hiela al cobarde, irrita al animoso.
¡Qué intrepidez! ¡qué súbito coraje
el brazo agita y en el pecho prende
del que su patria y libertad defiende!
El menor resistir es nuevo ultraje.
El jinete impetuoso,
el fulmíneo arcabuz de sí arrojando,
lánzase a tierra con el hierro en mano,
pues le parece en trance tan dudoso
lento el caballo, perezoso el plomo.
Crece el ardor. Ya cede en toda parte
el número al valor, la fuerza al arte.

Y el Ibero arrogante en las memorias
de sus pasadas glorias,
firme, feroz resiste, ya en idea,
bajo triunfales arcos, que alzar debe
la sojuzgada Lima, se pasea.
Mas su afán, su ilusión, sus artes... nada;
ni la resuelta y numerosa tropa
le sirve. Cede al ímpetu tremendo;
y el arma de Baylén rindió cayendo
el vencedor del vencedor de Europa.
Perdió el valor, mas no las iras pierde,
y en furibunda rabia el polvo muerde;
alza el párpado grave, y sanguinosos
ruedan sus ojos y sus dientes crujen;
mira la luz, se indigna de mirarla,
acusa, insulta al cielo, y de sus labios
cárdenos, espumosos,
votos y negra sangre y hiel brotando,
en vano un vengador muere invocando.

¡Ah! ya diviso míseras reliquias,
con todos sus caudillos humillados,
venir pidiendo paz; y generoso,
en nombre de Bolívar y la Patria,
no se la niega el Vencedor glorioso,
y su triunfo sangriento
con el ramo feliz de paz corona.
Que si Patria y honor le arman la mano
arde en venganza el pecho americano,
y cuando vence, todo lo perdona.

Las voces, el clamor de los que vencen,
y de Quinó las ásperas montañas
y los cóncavos senos de la tierra
y los ecos sin fin de la ardua sierra,
todos repiten sin cesar: ¡Victoria!

Y las bullentes linfas de Apurímac
a las fugaces linfas de Ucayale
se unen, y unidas, llevan presurosas,
en sonante murmullo y alba espuma,
con palmas en las manos y coronas,
esta nueva feliz al Amazonas.
Y el espléndido rey al punto ordena
a sus delfines, ninfas y sirenas
que, en clamorosos plácidos cantares,
tan gran victoria anuncien a los mares.

¡Salud, oh Vencedor! ¡oh Sucre! vence,
y de nuevo laurel orla tu frente;
alta esperanza de tu insigne patria,
como la palma al margen de un torrente
crece tu nombre..., y sola, en este día
tu gloria, sin Bolívar, brillaría.
Tal se ve Héspero arder en su carrera,
que del nocturno cielo
suyo el imperio sin la luna fuera.

Por las manos de Sucre la Victoria
ciñe a Bolívar lauro inmarcesible.
¡Oh Triunfador! la palma de Ayacucho,
fatiga eterna al bronce de la Fama,
segunda vez Libertador te aclama.

Esta es la hora feliz. Desde aquí empieza
la nueva edad al Inca prometida
de libertad, de paz y de grandeza.
Rompiste la cadena aborrecida,
la rebelde serviz hispana hollaste,
grande gloria alcanzaste;
pero mayor te espera, si a mi Pueblo,
así cual a la guerra lo conformas
y a conquistar su libertad le empeñas,
la rara y ardua ciencia
de merecer la paz y vivir libre,
con voz y ejemplo y con poder le enseñas,

Yo con riendas de seda regí el pueblo,
y cual padre le amé, mas no quisiera
que el cetro de los Incas renaciera;
que ya se vio algún Inca, que teniendo
el terrible poder todo en su mano,
comenzó padre y acabó tirano.
Yo fui conquistador, ya me avergüenzo
del glorioso y sangriento ministerio,
pues un conquistador, el más humano,
formar, mas no regir debe un imperio.

Por no trillada senda, de la gloria
al templo vuelas, ínclito Bolívar:
que ese poder tremendo que te fía
de los Padres el íntegro senado,
si otro tiempo perder a Roma pudo,
en su potente mano
es a la Libertad del Pueblo escudo.

¡Oh Libertad! el Héroe que podía
ser el brazo de Marte sanguinario,
ése es tu sacerdote más celoso,
y el primero que toma el incensario
y a tus aras se inclina silencioso.
¡Oh Libertad! si al pueblo americano
la solemne misión ha dado el cielo
de domeñar el monstruo de la guerra
y dilatar tu imperio soberano
por las regiones todas de la tierra
y por las ondas todas de los mares,
no temas, con este héroe, que algún día
eclipse el ciego error tus resplandores,
superstición profane tus altares,
ni que insulte tu ley la tiranía;
ya tu imperio y tu culto son eternos.
Y cual restauras en su antigua gloria
del santo y poderoso
Pacha-Cámac el templo portentoso,
tiempo vendrá, mi oráculo no miente,
en que darás a pueblos destronados
su majestad ingénita y su solio,
animarás las ruinas de Cartago,
relevarás en Grecia el Areópago,
y en la humillada Roma el Capitolio.

Tuya será, Bolívar, esta gloria,
tuya romper el yugo de los reyes
y, a su despecho, entronizar las leyes;
y la discordia en áspides crinada,
por tu brazo en cien nudos aherrojada,
ante los haces santos29 confundidas
harás temblar las armas parricidas.

Ya las hondas entrañas de la tierra
en larga vena ofrecen el tesoro
que en ellas guarda el Sol, y nuestros montes
los valles regarán con lava de oro.
Y el Pueblo primogénito dichoso
de Libertad,30 que sobre todo tanto
por su poder y gloria se enaltece,
como entre sus estrellas,
la estrella de Virginia resplandece,
nos da el ósculo santo
de amistad fraternal. Y las naciones
del remoto hemisferio celebrado,
al contemplar el vuelo arrebatado
de nuestras musas y artes,
como iguales amigos nos saludan;
con el tridente abriendo la carrera,
la Reina de los mares, la primera.

Será perpetua, ¡oh pueblos! esta gloria
y vuestra libertad incontrastable
contra el poder y liga detestable
de todos los tiranos conjurados
si en lazo federal, de polo a polo,
en la guerra y la paz vivís unidos;
vuestra fuerza es la unión. Unión, ¡oh pueblos!
para ser libres y jamás vencidos.
Esta unión, este lazo poderoso
la gran cadena de los Andes sea,
que en fortísimo enlace, se dilatan
del uno al otro mar. Las tempestades
del cielo ardiendo en fuego se arrebatan,
erupciones volcánicas arrasan
campos, pueblos, vastísimas regiones,
y amenazan horrendas convulsiones
el globo destrozar desde el profundo;
ellos, empero, firmes y serenos
ven el estrago funeral del mundo.

Esta es, Bolívar, aun mayor hazaña
que destrozar el férreo cetro a España,
y es digna de ti solo; en tanto, triunfa...
Ya se alzan los magníficos trofeos
y tu nombre, aclamado
por las vecinas y remotas gentes
en lenguas, voces, metros diferentes,
recorrerá la serie de los siglos
en las alas del canto arrebatado
Y en medio del concento numeroso
la voz del Guayas crece
y a las más resonantes enmudece.

Tú la salud y honor de nuestro pueblo
serás viviendo, y Ángel poderoso
que lo proteja, cuando
tarde al empíreo el vuelo arrebatares
y entre los claros Incas
a la diestra de Manco te sentares.

Así place al destino, ¡Oh! ved al cóndor,
al peruviano rey del pueblo aerio,
a quien ya cede el águila el imperio,
vedle cuál desplegando en nuevas galas
las espléndidas alas,
sublime a la región del sol se eleva
y el alto augurio que os revelo aprueba.
Marchad, marchad, guerreros,
y apresurad el día de la gloria;
que en la fragosa margen de Apurímac
con palmas os espera la victoria».

Dijo el Inca; y las bóvedas etéreas
de par en par se abrieron,
en viva luz y resplandor brillaron
y en celestiales cantos resonaron.
Era el coro de cándidas Vestales,
las vírgenes del Sol, que rodeando
al Inca como a Sumo Sacerdote,
en gozo santo y ecos virginales
en torno van cantando
del Sol las alabanzas inmortales.

«Alma eterna del mundo,
dios santo del Perú, Padre del Inca,
en tu giro fecundo
gózate sin cesar, Luz bienhechora
viendo ya libre el pueblo que te adora.

La tiniebla de sangre y servidumbre
que ofuscaba la lumbre
de tu radiante faz pura y serena
se disipó, y en cantos se convierte
la querella de muerte
y el ruido antiguo de servil cadena.

Aquí la Libertad buscó un asilo,
amable peregrina,
y ya lo encuentra plácido y tranquilo,
y aquí poner la diosa
quiere su templo y ara milagrosa;
aquí olvidada de su cara Helvecia,
se viene a consolar de la ruina
y en todos sus oráculos proclama
que al Madalén y al Rímac bullicioso
ya sobre el Tíber y el Eurotas ama.

¡Oh Padre! ¡oh claro Sol! no desampares
este suelo jamás, ni estos altares.

Tu vivífico ardor todos los seres
anima y reproduce: por ti viven
y acción, salud, placer, beldad reciben.
Tú al labrador despiertas
y a las aves canoras
en tus primeras horas,
y son tuyos sus cantos matinales;
por ti siente el guerrero
en amor patrio enardecida el alma,
y al pie de tu ara rinde placentero
su laurel y su palma,
y tuyos son sus cánticos marciales.

Fecunda, ¡oh Sol! tu tierra,
y los males repara de la guerra.

Da a nuestros campos frutos abundosos,
aunque niegues el brillo a los metales,
da naves a los puertos,
pueblos a los desiertos,
a las armas victoria,
alas al genio y a las Musas gloria.

Dios del Perú, sostén, salva, conforta
el brazo que te venga,
no para nuevas lides sanguinosas,
que miran con horror madres y esposas,
sino para poner a olas civiles
límites ciertos, y que en paz florezcan
de la alma paz los dones soberanos,
y arredre a sediciosos y a tiranos.
Brilla con nueva luz, Rey de los cielos,
brilla con nueva luz en aquel día
del triunfo que magnífica prepara
a su Libertador la patria mía.
¡Pompa digna del Inca y del imperio
que hoy de su ruina a nuevo ser revive!

Abre tus puertas, opulenta Lima,
abate tus murallas y recibe
al noble triunfador que rodeado
de pueblos numerosos, y aclamado
Ángel de la esperanza
y Genio de la paz y de la gloria,
en inefable majestad avanza.
Las musas y las artes revolando
en torno van del carro esplendoroso,
y los pendones patrios vencedores
al aire vago ondean, ostentando
del sol la imagen, de iris los colores.
Y en ágil planta y en gentiles formas
dando al viento el cabello desparcido,
de flores matizado.
cual las horas del sol, raudas y bellas,
saltan en derredor lindas doncellas
en giro no estudiado;
las glorias de su patria
en sus patrios cantares celebrando
y en sus pulidas manos levantando,
albos y tersos como el seno de ellas
cien primorosos vasos de alabastro
que espiran fragantísimos aromas,
y de su centro se derrama y sube
por los cerúleos ámbitos del cielo
de ondoso incienso transparente nube,

Cierran la Pompa espléndidos trofeos
y por delante en larga serie marchan
humildes confundidos
los pueblos y los jefes ya vencidos:
allá procede el Ástur belicoso,
allí va el Catalán infatigable
y el agreste Celtíbero indomable
y el Cántabro feroz, que a la romana
cadena el cuello sujetó el postrero,
y el Andaluz liviano
y el adusto, severo Castellano;
ya el áureo Tajo cetro y nombre cede,
y las que antes, graciosas
fueron honor del fabuloso suelo,
Ninfas del Tormes y el Genil, en duelo
se esconden silenciosas;
y el grande Betis viendo ya marchita
su sacra oliva, menos orgulloso,
paga su antiguo feudo al mar undoso.

El sol suspenso en la mitad del cielo
aplaudirá esta pompa -¡Oh Sol! ¡oh Padre!
tu luz rompa y disipe
las sombras del antiguo cautiverio,
tu luz nos dé el imperio,
tu luz la libertad nos restituya;
tuya es la tierra y la victoria es tuya».

Cesó el canto; los cielos aplaudieron
y en plácido fulgor resplandecieron.
Todos quedan atónitos; y en tanto
tras la dorada nube el Inca santo
y las santas Vestales se escondieron.
Mas ¿cuál audacia te elevó a los cielos,
humilde musa mía? ¡Oh! no reveles
a los seres mortales
en débil canto, arcanos celestiales.
Y ciñan otros la apolínea rama
y siéntense a la mesa de los dioses,
y los arrulle la parlera fama,
que es la gloria y tormento de la vida;
yo volveré a mi flauta conocida,
libre vagando por el bosque umbrío
de naranjos y opacos tamarindos,
o entre el rosal pintado y oloroso
que matiza la margen de mi río,
o entre risueños campos, do en pomposo
trono piramidal y alta corona,
la piña ostenta el cetro de Pomona,
y me diré feliz si mereciere,
el colgar esta lira en que he cantado
en tono menos dino
la gloria y el destino
del venturoso pueblo americano,
yo me diré feliz si mereciere
por premio a mi osadía
una mirada tierna de las Gracias
y el aprecio y amor de mis hermanos,
una sonrisa de la Patria mía,
y el odio y el furor de los tiranos.

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EPITALAMIO

Ven Himeneo, ven Himeneo.

Un feliz joven
ya dobla el cuello
al dulce yugo
de un amor tierno;
ya en sus altares
quema el incienso,
y ardientemente
clamar le veo:
Ven Himeneo, ven Himeneo.

Todos se rinden
hoy a tu imperio,
y alegres viven
con ser tus siervos.
Sin ti los prados
quedaran secos,
ni correrían
los arroyuelos,
ni regalaran
al fácil viento
las tiernas aves
con su gorjeo:
Ven Himeneo, ven Himeneo.

La virgen tierna,
fijos al suelo
tiene los ojos,
los ojos bellos;
teme y desea,
mas bajo el velo
de la modestia,
tiene encubierto
el fuego dulce
de su deseo.
Ven Himeneo, ven Himeneo.

De Amores, Gracias,
y de tus Genios,
rodeado baja
del alto cielo;
ven, dios amable,
hijo de Venus,
da a los amantes
tu dulce beso;
sin ti, amor fuera
criminal fuego,
ni hubiera casto
puro recreo.
Ven Himeneo, ven Himeneo.

Así cantaba lleno de alegría
un coro de pastores;
y un coro de pastoras respondía:
En un hermoso prado,
donde la rica Flora
sus primores y galas atesora,
un bello altar yo miro consagrado
al dios de los amores
y al venturoso y plácido Himeneo.

El altar coronado
aparece de flores;
y las Ninfas y Gracias hechiceras,
de las más olorosas,
dos guirnaldas hermosas
componen placenteras.

¡Mil veces venturosas
las sienes delicadas
a las cuales un premio tan sagrado
el cielo en su bondad ha destinado!

Luego la compañía
ya el santo altar rodea,
ya por el verde prado se pasea.
Los pastores decían:
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo,
y las tiernas pastoras repetían:
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo,
¡Qué dulce alternativa!,
¡qué bella perspectiva!,
¡qué tocante espectáculo, formado
al placer de los ojos y del alma!

Ya las voces sonoras
se esparcen, se dilatan
en las alas del viento voladoras.
Al plácido ruido
de esta voz delicada,
parece recibir vida y sentido
aun la naturaleza inanimada,
pues a su voz los montes repetían:
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo.

Fácil el dios desciende rodeado
de sus Genios parciales,
que anuncian a lo lejos su venida;
con su tea encendida
vienen mil cupiditos retozando
y festivos cantando
dulces himnos, canciones celestiales.
Llegaron al altar, y los zagales
con ardiente porfía
se alegran, como nunca se alegraron;
así cual suele siempre bulliciosa
la república libre de las aves
esforzar más los cánticos süaves
cuando aparece el día,
y el fiel esposo de la tierna aurora
con su llama benigna y apacible
las altas cumbres de los montes dora.

Toma el dios las guirnaldas en la mano.
Todos, todos callaron,
y esperaban ansiosos
que llegasen los jóvenes dichosos.
Llegan, y la decente compostura,
los pasos majestuosos,
la modesta hermosura
y ese ánimo tranquilo,
sin embargo de que arde y de que anhela,
están diciendo, sin querer decirlo:
Éste Gonzales es, ésta es Manuela.

La plácida alegría
se deja ver del dios en la ancha frente;
y a la joven esposa
la corona de rosa,
y otra corona igual pone al esposo.
Aquí es más fervoroso
el cántico del coro enardecido,
que en dos alas hermosas dividido,
con plácidos transportes de alegría,
el dulce y grato nombre
de Manuela y Gonzales repetía.

La sonrosada virgen inocente
aparece vestida
de un ropaje talar, cuya blancura
la fe sincera y pura
del tierno corazón está indicando,
y entre el amor, el gozo
y el pudor vacilando,
ya se acerca al altar como temblando.
Se le anuda la voz, cuando procura
pronunciar el solemne juramento;
solamente su amor en ese instante
lo descubre su seno palpitante;
su seno, pues sus ojos hechiceros,
cual lánguidos luceros
inmóviles se fijan en la tierra.

Luego el esposo amante
mira a la esposa amada
con ternura indecible... ¡oh, qué mirada!
y un largo y mudo abrazo
es el sagrado lazo
con que estrecha Himeneo
tan sensibles, tan tiernos corazones,
enlazada felice,
y alma Fecundidad la unión bendice.

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