Ovidio  

LA SIERPE PITÓN

Ella ciertamente no quisiera, pero a ti también, máximo Pitón,
entonces te engendró, y de los pueblos nuevos, desconocida sierpe,
el terror eras: tan grande espacio de un monte ocupabas.
A él el dios tenedor del arco, y que nunca letales armas
antes sino en los gamos y corzas fugaces había usado,
hundido por mil disparos, exhausta casi su aljaba,
perdió, derramándose por sus heridas negras su veneno.
Y para que de esa obra la fama no pudiera destruir la antigüedad,
instituyó, sagrados, de célebre certamen, unos juegos,
Pitios, con el nombre de la domada serpiente, llamados.
Aquel de los jóvenes quien con su mano, sus pies o a rueda
venciera, de fronda de encina cobraba un galardón.
Todavía laurel no había y, hermosas con su largo pelo,
sus sienes ceñía de cualquier árbol Febo.

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EL ORIGEN DEL MUNDO

Antes del mar y de las tierras y lo que cubre todo, el cielo,
uno era de la naturaleza el rostro en todo el orbe,
al que dijeron Caos, ruda e indigesta mole
y no otra cosa sino peso inerte, y, acumuladas en él,
unas discordes simientes de no bien juntadas cosas.
Ningún Titán todavía al mundo ofrecía luces,
ni nuevos, creciendo, reparaba sus cuernos Febe,
ni en su circunfuso aire pendía la tierra,
por los pesos equilibrada suyos, ni sus brazos por el largo
margen de las tierras había extendido Anfitrite,
y por donde había tierra, allí también ponto y aire.
Así, era inestable la tierra, innadable la onda,
de luz carente el aire: en ninguno su forma persistía,
y estorbaba a los otros cada uno, porque en un cuerpo solo
lo frío pugnaba con lo cálido, lo húmedo con lo seco,
lo muelle con lo duro, lo sin peso con lo que tenía peso.
Esta lid un dios y una mejor naturaleza dirimió,
pues del cielo las tierras, y de las tierras escindió las ondas,
y el fluido cielo segregó del aire espeso.
Las cuales cosas, después de que las separó y eximió de su ciega acumulación,
disociadas por sus lugares, con una concorde paz las ligó:
la fuerza ígnea y sin peso del convexo cielo
rieló, y un lugar se hizo en el supremo recinto;
próximo está el aire a ella en levedad y en lugar;
más densa que ellos, la tierra, los elementos grandes atrajo
y presa fue de la gravedad suya; el circunfluente humor
lo último poseyó, y contuvo al sólido orbe.
Así cuando dispuesta estuvo, quienquiera que fuera aquel de los dioses
esta acumulación sajó, y sajada en miembros la juntó:
en el principio, la tierra, para que no desigual por toda
parte fuera, en forma la aglomeró de gran orbe;
entonces a los estrechos difundirse, y que por arrebatadores vientos se entumecieran
ordenó, y que a la rodeada tierra circundaran los litorales;
añadió también fuentes y pantanos inmensos y lagos,
y las corrientes declinantes ciñó de oblicuas riberas,
las cuales, diversas por sus lugares, en parte son sorbidas por ella,
al mar arriban en parte, y en tal campo recibidas
de más libre agua, en vez de riberas, sus litorales baten;
ordenó también que se extendieran los llanos, que se sumieran los valles,
que de fronda se cubrieran las espesuras, que se elevaran lapídeos montes;
y, como dos por la derecha y otras tantas por su siniestra
parte, el cielo cortan unas fajas (la quinta es más ardiente que aquellas),
así distinguió la carga en él incluida con el número mismo
el cuidado del dios, y otras tantas llagas en la tierra se marcan;
de las cuales la que en medio está no es habitable por el calor;
nieve cubre, alta, a dos; otras tantas entre ambas colocó
y templanza les dio, al estar mezclada con el frío la llama.
Domina sobre ellas el aire, el cual, en cuanto es el peso del agua
que el peso de la tierra más ligero, tanto es él más pesado que el fuego;
allí también las nieblas, allí aposentarse las nubes
ordenó, y los que habrían de conmover, los truenos, a las humanas mentes,
y con los rayos hacedores de relámpagos los vientos.
A ellos también no permitió el artífice del mundo que por todas partes
tuvieran el aire; apenas ahora se les impide a ellos,
cuando cada uno regenta sus soplos por diverso trecho,
que destrocen el mundo: tan grande es la discordia de los hermanos.
El Euro a la Aurora y a los nabateos reinos se retiró,
y a Persia, y a las cimas sometidas a los rayos matutinos;
el Anochecer y las playas que con el caduco sol se templan
próximos están al Céfiro; Escitia y los Septentriones
el horrendo los invadió Bóreas; la contraria tierra,
con nubes asiduas y lluvia, se humedece por el Austro.
De ello encima impuso, fluido y de gravedad carente,
el éter, y que ninguna cosa de la terrena hez tiene.
Apenas así con lindes había cercado todo ciertas,
cuando, las que presa mucho tiempo habían sido de una calina ciega,
las estrellas empezaron a bullir por todo el cielo,
y para que región no hubiera alguna de sus vivientes huérfana,
los astros poseen el celeste suelo y las formas de los dioses,
cedieron, para que las habitaran, a los nítidos peces las ondas,
la tierra a las fieras acogió, a los voladores el agitable aire.
Más santo que ellos un viviente y de una mente alta más capaz
faltaba todavía, y que dominar en los demás pudiera:
nacido el hombre fue, ya si a él con divina simiente lo hizo
aquel artesano de las cosas, de un mundo mejor el origen,
ya si la reciente tierra, y apartada poco antes del alto
éter, retenía simientes de su pariente el cielo.
A la cual, el hijo de Jápeto, mezclada con pluviales ondas,
la modeló en la efigie de los que moderan todo, los dioses,
y aunque inclinados contemplen los demás vivientes la tierra,
un rostro sublime al hombre dio y el cielo ver
le ordenó y erguido hacia las estrellas levantar su semblante.
Así, la que ora había sido ruda y sin imagen, la tierra
se vistió de las desconocidas figuras, transformada, de los hombres.

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CANCIÓN DE ORFEO: PROEMIO

“Desde Júpiter, oh Musa madre –ceden todas las cosas al gobierno de Júpiter–,
entona los cantos nuestros. De Júpiter muchas veces su poderío
he dicho antes: canté con plectro más grave a los Gigantes
y esparcidos por los campos de Flegra sus vencedores rayos.
Ahora menester es de una más liviana lira, a los muchachos cantemos
amados de los altísimos, y a las niñas que atónitas
por no concedidos fuegos, merecieron por su deseo un castigo.

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EL ALMA DESCANSA CUANDO ECHA SUS...

El alma descansa cuando echa sus lágrimas; y el dolor se satisface con su llanto.

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FAETÓN (I)

Tuvo este en ánimos y en años un igual,
del Sol engendrado, Faetón, al cual, un día, que grandes cosas decía
y que ante él no cedía, de que fuera Febo su padre soberbio,
no lo soportó el Ináquida y 'A tu madre' dice 'todo como demente
crees y estás henchido de la imagen de un padre falso.'
Enrojeció Faetón y su ira por pudor reprimió,
y llevó a Clímene los insultos de Épafo, su madre,
y 'Para que más te duelas, madre' dice 'yo, ese libre,
ese feroz, callé. Me avergüenza que estos oprobios a nos
decirse sí se han podido, pero no se han podido desmentir.
Mas tú, si ora he sido de celeste estirpe creado,
dame una señal de tan gran linaje y reclámame al cielo.'
Dijo y enlazó en el materno sus brazos cuello,
y por la suya y de Mérope la cabeza, y las teas de sus hermanas,
que le trasmitiera a él, le rogó, de su verdadero señales padre.
Ambiguo si Clímene por las súplicas de Faetón o por la ira
movida más del crimen dicho contra ella, ambos brazos al cielo
extendió y mirando hacia las luces del Sol:
'Por el resplandor este,' dice 'con sus rayos coruscos insigne,
hijo, a ti te juro, que nos oye y que nos ve,
que de este tú, a quien contemplas, de este tú, que tiempla el orbe,
del Sol, has sido engendrado; si fingidas cosas digo, niéguese él a ser visto
de mí y sea para los ojos nuestros la luz esta la postrera.
Y no larga labor es para ti conocer los patrios penates.
De donde él surge la casa es confín a la tierra nuestra:
si ora te lleva tu ánimo, camina y averígualo de él mismo.'
Salta al instante, alegre tras tales de la madre
suya palabras Faetón, y concibe éter en su mente,
y los etíopes suyos y, puestos bajo los fuegos sidéreos,
los indos atraviesa, y de su padre acude diligente a los ortos.

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OFRECER AMISTAD AL QUE PIDE AMOR...

Ofrecer amistad al que pide amor es como dar pan al que muere de sed.

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LA GIGANTOMAQUIA

Y para que no fuera que las tierras más seguro el arduo éter,
que aspiraron dicen al reino celeste los Gigantes,
y que acumulados levantaron hacia las altas estrellas sus montes.
Entonces el padre omnipotente enviándoles un rayo resquebrajó
el Olimpo y sacudió el Pelión del sometido Osa.
Sepultados por la mole suya, al quedar sus cuerpos siniestros yacentes,
regada de la mucha sangre de sus hijos, dicen
que la Tierra se impregnó, y que ese caliente crúor aliento cobró,
y para que no ningún recuerdo de su estirpe quedara,
que a una faz los tornó de hombres; pero también aquella rama
despreciadora de los altísimos y salvaje y avidísima de matanza
y violenta fue: bien sabrías que de sangre habían nacido.

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PARA NO PERDER EL JUGADOR NO...

Para no perder, el jugador no cesa nunca de perder.

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SI QUIERES CASARTE BIEN CÁSATE CON...

Si quieres casarte bien, cásate con tu igual.

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LA GOTA PENETRA EN LA PIEDRA...

La gota penetra en la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia.

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