Jean de la Fontaine 

SOBRE LAS ALAS DEL TIEMPO LA...

Sobre las alas del tiempo, la tristeza vuela.

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LA VERGÜENZA DE CONFESAR EL PRIMER...

La vergüenza de confesar el primer error, hace cometer muchos otros.

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EL NIÑO Y EL MAESTRO DE LA ESCUELA

En esta fabulita quiero haceros ver cuán intempestivas son a veces las reconvenciones de los necios.
Un Muchacho cayó al agua, jugando a la orilla del Sena. Quiso Dios que creciese allí un sauce, cuyas ramas fueron su salvación. Asido estaba a ellas, cuando pasó un Maestro de escuela. Gritó el Niño: “¡Socorro, que muero!” Aquel, oyendo los gritos, se volvió hacia el niño y, muy grave y tieso, de esta manera le adoctrinó: “¿Habráse visto pillete como él? Contemplad en qué apuro le ha puesto su atolondramiento. ¡Encargaos
después de calaverillas como éste! ¡Cuán desgraciados son los padres que tienen que cuidar de tan malas crías! ¡Bien dignos son de lástima!” y
terminada la filípica, sacó al Muchacho a la orilla.
Alcanza esta crítica a muchos que no se lo figuran. No hay charlatán, censor, ni pedante, a quien no siente bien el discursillo aquí expuesto y
de pedantes, censores y charlatanes, es larga la familia. Dios hizo muy fecunda esta raza. Venga o no venga al caso, no piensan en otra cosa que en lucir su oratoria.
–Amigo mío, sácame del apuro y guarda para después la reprimenda.

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EL GALLO Y LA PERLA

Un día cierto Gallo, escarbando el suelo, encontró una perla, y se la dio al primer lapidario que halló a mano. “Fina me parece, le dijo, al dársela; pero para mí vale más cualquier grano de mijo o avena.”
Un ignorantón heredó un manuscrito, y lo llevó en el acto a la librería vecina. “Paréceme cosa de mérito, le dijo al librero; pero, para mí, vale más
cualquier florín o ducado.”

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LA TERNERA, LA CABRA Y LA OVEJA, EN COMPAÑÍA DEL LEÓN

Una vez se asociaron una ternera, una cabra y una oveja con un león. Acordaron ir a partes iguales en todo aquello que pudieran conseguir.
Un día, la cabra se hizo con un ciervo, así que reunió a sus socios a fin de evaluar el reparto. El león tomó la palabra:
- Somos cuatro a compartir - comenzó, mientras procedía a partir la pieza en cuatro partes -.
Señaló una de ellas y prosiguió:
- He aquí la primera, que será para el león, como rey de la selva. La segunda me corresponde también a mí, por ser el más fuerte. Con respecto a la tercera, se la asigno al más valiente, es decir, al león, y por último deciros que si alguno osa siquiera olfatear la cuarta en mis garras morirá.

Moraleja: Vigila con quién te juntas.

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LA RANA QUE QUISO HINCHARSE COMO UN BUEY

Vio cierta Rana a un Buey, y le pareció bien su corpulencia. La pobre no era mayor que un huevo de gallina, y quiso, envidiosa, hincharse hasta igualar en tamaño al fornido animal.
“Mirad, hermanas, decía a sus compañeras; ¿es bastante? ¿No soy aún tan grande como él? –No. ¿Y ahora? –Tampoco. –¡Ya lo logré! –¡Aún estás muy lejos!”
Y el infeliz animal se hinchó tanto, que reventó.

Lleno está el mundo de gentes que no son más avisadas. Cualquier ciudadano de la medianía se da ínfulas de gran señor. No hay principillo que no tenga embajadores. Ni encontraréis marqués alguno que no lleve en pos tropa de pajes.

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CUALQUIER PODER SI NO SE BASA...

Cualquier poder, si no se basa en la unión, es débil.

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LA CIGARRA Y LA HORMIGA

La Cigarra, después de cantar todo el verano, se halló sin vituallas cuando comenzó a soplar el frio del invierno: ¡ni una ración fiambre de mosca
o de gusanillo!.
Hambrienta, fue a lloriquear en la vecindad, a casa de la Hormiga, pidiéndole que le prestase algo de grano para mantenerse hasta la cosecha.
“Os lo pagaré con las setenas”, le decía, “antes de que venga el mes de agosto”.
La Hormiga no es prestamista: ese es su menor defecto. “¿Que hacías en el buen tiempo?” - preguntó a la pedigüeña -. “No quisiera enojaros, pero la verdad es que te pasabas cantando día y noche. Pues, mira: así como entonces cantabas, baila ahora”.

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LA MUERTE Y EL DESDICHADO

Un Desdichado llamaba todos los días en su ayuda a la Muerte. “¡Oh Muerte! exclamaba: ¡cuán agradable me pareces! Ven pronto y pon fin a mis infortunios.” La Muerte creyó que le haría un verdadero favor, y acudió al momento. Llamó a la puerta, entró y se le presentó. “¿Qué veo? exclamó el Desdichado; llevaos ese espectro; ¡cuán espantoso es! Su presencia me aterra y horroriza. ¡No te acerques, oh Muerte! ¡Retírate pronto!”
Mecenas fue hombre de gusto; dijo en cierto pasaje de sus obras: “Quede cojo, manco, impotente, gotoso, paralítico; con tal de que viva, estoy satisfecho. ¡Oh Muerte! ¡No vengas nunca!”
Todos decimos lo mismo.

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A MENUDO ENCONTRAMOS NUESTRO DESTINO POR...

A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

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Desde el 11 hasta el 20 de un total de 23 obras de Jean de la Fontaine

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