Jean de la Fontaine 

EL HOMBRE Y SU IMAGEN (AL SR. DUQUE DE LA ROCHEFOCAULD)

Un Hombre enamorado de sí mismo, y sin rival en estos amores, se tenía por el más gallardo y hermoso del mundo. Acusaba de falsedad a todos los espejos, y vivía contentísimo con su falaz ilusión. La Suerte, para desengañarle, presentaba a sus ojos en todas partes esos mudos consejeros de que se valen las damas: espejos en las habitaciones, espejos en las tiendas, espejos en las bolsas y hasta en el cinturón de las señoras. ¿Qué hace nuestro Narciso? Se esconde en los lugares más ocultos, no atreviéndose a sufrir la prueba de ver su imagen en el cristal. Pero un canalizo que llena el agua de una fuente, corre a sus pies en aquel retirado paraje: se ve en él, se exalta y cree divisar una quimérica imagen. Hace cuanto puede para evitar su vista; pero era tan bello aquel arroyo, que le daba pena dejarlo.

Comprenderéis a dónde voy a parar: a todos me dirijo: esa ilusión de que hablo, es un error que alimentamos complacidos. Nuestra alma es el enamorado de sí mismo: los espejos, que en todas partes encuentra, son las ajenas necedades que retratan las propias; y en cuanto al canal, cualquiera lo adivinará: es el Libro de las Máximas del duque de la Rochefoucauld.

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UN HOMBRE DE CIERTA EDAD Y SUS DOS AMANTES

Un hombre de edad madura, más pronto viejo que joven, pensó que era tiempo de casarse. Tenía el riñón bien cubierto, y por tanto, donde elegir;
todas se desvivían por agradarle. Pero nuestro galán no se apresuraba. Piénsalo bien, y acertarás.
Dos viuditas fueron las preferidas. La una, verde todavía; la otra, más sazonada, pero que reparaba con auxilio del arte lo que había destruido la
naturaleza. Las dos viuditas, jugando y riendo, le peinaban y arreglaban la cabeza. La más vieja le quitaba los pocos pelos negros que le quedaban,
para que el galán se le pareciese más. La más joven a su vez, le arrancaba las canas; y con esta doble faena, nuestro buen hombre quedó bien pronto sin cabellos blancos ni negros.
“Os doy gracias, les dijo, oh señoras mías, que tan bien me habéis trasquilado. Más es lo ganado que lo perdido, porque ya no hay que hablar de bodas. Cualquiera de vosotras que escogiese, querría hacerme vivir a su gusto y no al mío.
Cabeza calva no es buena para esas mudanzas: muchas gracias, pues, por la lección.”

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SOBRE LAS ALAS DEL TIEMPO LA...

Sobre las alas del tiempo, la tristeza vuela.

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LA VERGÜENZA DE CONFESAR EL PRIMER...

La vergüenza de confesar el primer error, hace cometer muchos otros.

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EL NIÑO Y EL MAESTRO DE LA ESCUELA

En esta fabulita quiero haceros ver cuán intempestivas son a veces las reconvenciones de los necios.
Un Muchacho cayó al agua, jugando a la orilla del Sena. Quiso Dios que creciese allí un sauce, cuyas ramas fueron su salvación. Asido estaba a ellas, cuando pasó un Maestro de escuela. Gritó el Niño: “¡Socorro, que muero!” Aquel, oyendo los gritos, se volvió hacia el niño y, muy grave y tieso, de esta manera le adoctrinó: “¿Habráse visto pillete como él? Contemplad en qué apuro le ha puesto su atolondramiento. ¡Encargaos
después de calaverillas como éste! ¡Cuán desgraciados son los padres que tienen que cuidar de tan malas crías! ¡Bien dignos son de lástima!” y
terminada la filípica, sacó al Muchacho a la orilla.
Alcanza esta crítica a muchos que no se lo figuran. No hay charlatán, censor, ni pedante, a quien no siente bien el discursillo aquí expuesto y
de pedantes, censores y charlatanes, es larga la familia. Dios hizo muy fecunda esta raza. Venga o no venga al caso, no piensan en otra cosa que en lucir su oratoria.
–Amigo mío, sácame del apuro y guarda para después la reprimenda.

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LA RANA QUE QUISO HINCHARSE COMO UN BUEY

Vio cierta Rana a un Buey, y le pareció bien su corpulencia. La pobre no era mayor que un huevo de gallina, y quiso, envidiosa, hincharse hasta igualar en tamaño al fornido animal.
“Mirad, hermanas, decía a sus compañeras; ¿es bastante? ¿No soy aún tan grande como él? –No. ¿Y ahora? –Tampoco. –¡Ya lo logré! –¡Aún estás muy lejos!”
Y el infeliz animal se hinchó tanto, que reventó.

Lleno está el mundo de gentes que no son más avisadas. Cualquier ciudadano de la medianía se da ínfulas de gran señor. No hay principillo que no tenga embajadores. Ni encontraréis marqués alguno que no lleve en pos tropa de pajes.

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CUALQUIER PODER SI NO SE BASA...

Cualquier poder, si no se basa en la unión, es débil.

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LA TERNERA, LA CABRA Y LA OVEJA, EN COMPAÑÍA DEL LEÓN

Una vez se asociaron una ternera, una cabra y una oveja con un león. Acordaron ir a partes iguales en todo aquello que pudieran conseguir.
Un día, la cabra se hizo con un ciervo, así que reunió a sus socios a fin de evaluar el reparto. El león tomó la palabra:
- Somos cuatro a compartir - comenzó, mientras procedía a partir la pieza en cuatro partes -.
Señaló una de ellas y prosiguió:
- He aquí la primera, que será para el león, como rey de la selva. La segunda me corresponde también a mí, por ser el más fuerte. Con respecto a la tercera, se la asigno al más valiente, es decir, al león, y por último deciros que si alguno osa siquiera olfatear la cuarta en mis garras morirá.

Moraleja: Vigila con quién te juntas.

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LA MUERTE Y EL DESDICHADO

Un Desdichado llamaba todos los días en su ayuda a la Muerte. “¡Oh Muerte! exclamaba: ¡cuán agradable me pareces! Ven pronto y pon fin a mis infortunios.” La Muerte creyó que le haría un verdadero favor, y acudió al momento. Llamó a la puerta, entró y se le presentó. “¿Qué veo? exclamó el Desdichado; llevaos ese espectro; ¡cuán espantoso es! Su presencia me aterra y horroriza. ¡No te acerques, oh Muerte! ¡Retírate pronto!”
Mecenas fue hombre de gusto; dijo en cierto pasaje de sus obras: “Quede cojo, manco, impotente, gotoso, paralítico; con tal de que viva, estoy satisfecho. ¡Oh Muerte! ¡No vengas nunca!”
Todos decimos lo mismo.

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A MENUDO ENCONTRAMOS NUESTRO DESTINO POR...

A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

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Desde el 11 hasta el 20 de un total de 23 obras de Jean de la Fontaine

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