4 Cuentos de Cuento tradicional  

EL PEZ DE ORO

Había una vez, en un pueblo muy pequeño, un anciano y una anciana que vivían en una casa muy pequeña y muy vieja al lado del mar.
Eran tan pobres, tan pobres que nada más podían comer peces que el anciano pescaba en el mar.
Un día el anciano se fue a pescar y hacía muy mala mar. El anciano lanzó su caña de pescar al agua. Esperó un poco y cuando sacó su caña del agua vio que nada más había pescado una piedra. Lanzó de nuevo la caña al mar y cuando la fue a sacar vio que solamente había un pez muy pequeñito. Cuando quiso meter el pez dentro de su barca vio que era un pez muy brillante de color, era un pez de oro.
En aquel momento el pececito comenzó a hablar rogando al pescador:
- ¡Por favor, déjame en el mar! ¡Déjame vivir! Si me dejas ir te concederé todo aquello que me pidas.
Entonces, el anciano le contestó:
- Te dejo que vivas y no hace falta que me concedas nada.
El anciano dejó al pez de oro en el mar con mucho cuidado y después se marchó hacia su casa.

Cuando llegó a su casa, su mujer lavaba la ropa en un barreño muy viejo. El anciano le explicó lo que le había pasado en el mar. Su mujer comenzó a refunfuñar y le dijo:
- ¡Pero qué has hecho tonto! ¿Has dejado ir al pez sin pedirle ningún deseo? ¡Le podías haber pedido un barreño nuevo! ¡Es que no ves que el que tenemos está muy viejo!.
El anciano no contestó nada y se marchó al mar, y una vez allí gritó:
- ¡Pececito de oro, buen pececito de oro ponte de cara a mí y de espaldas al mar!.
Tan pronto acabó de decir aquellas palabras, el pececito apareció.
- ¿Qué quieres de mí? – le dijo el pececito de oro.
- Mi mujer quiere que te pida un barreño nuevo porque el nuestro es muy viejo y no sirve para nada.
El pez de oro le contestó:
- Vuelve a casa que tu deseo te será concedido.
Cuando el anciano llegó a su casa, la mujer que ya le esperaba lavando la ropa en el barreño nuevo, le dijo:
- ¡Pero cómo es que no le has pedido una casa nueva bobo! ¡Es que no ves que la nuestra es muy vieja!.
El anciano no le contestó nada y se marchó al mar, y una vez allí gritó:
- ¡Pececito de oro, buen pececito de oro ponte de cara a mí y de espaldas al mar!.
- ¡Qué quieres de mí?- le preguntó el pececito de oro.
Mi mujer quiere que te pida una casa nueva, porque la nuestra ya es muy vieja y el tejado está a punto de caerse.
El pececito de oro le contestó:
- Vuelve a casa que tu deseo te será concedido.

Cuando el anciano llegó encontró a su mujer en el patio de una hermosa casa con unas ropas muy bonitas y rodeada de criados.
- ¡Pero mira que eres estúpido! Vuelve de nuevo y ordena al pez de oro que quiero ser la reina del mar y que el pez sea mi criado.
Entonces, el anciano muy triste, se marchó al mar y gritó:
- ¡Pececito de oro, buen pececito de oro ponte de cara a mí y de espaldas al mar!.
- ¿Qué quieres de mí?- le preguntó el pececito de oro.
El anciano le explicó con mucha pena:
- Mi mujer se ha vuelto loca y quiere ser la reina del mar y que tú seas su criado.
El pececito de oro no le contestó nada y desapareció en el fondo del mar.
Cuando volvió a casa vio a lo lejos a su mujer a la puerta de su primera casa, la vieja casa, con su vestido viejo y lavando la ropa en el barreño antiguo.
Y así acaba la historia; y nunca más se ha vuelto a ver a aquel pececito de oro. Y dicen que ha perdido la confianza en los hombres y está escondido en el fondo del mar.

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LAS RANAS Y EL POZO

Una vez dos ranas que vivían en una charca vieron como esta se secaba por el sol, debiendo marchar en busca de un nuevo hogar. En estas, una de las dos vio un pozo profundo lleno de agua y dijo: "Mira, nuestra nueva casa". "No tan deprisa" - replicó la otra. "¿No has pensado acaso que si se seca ese pozo no podremos salir de él?".

Moraleja: Pensar dos veces a veces es mejor que pensar rápido.

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MENOS ES MÁS

Una vez un joven estudiante de artes marciales viajó hasta el país de un insigne maestro. Una vez allí, pidió audiencia para hablar con él.

- Maestro, vengo a ser su alumno, quiero ser el mejor luchador del mundo. ¿Cuánto tiempo necesitaré?.
- Diez años - contestó el maestro.
- De acuerdo maestro, pero ¿y si practico el doble de horas que el resto de sus alumnos?
- Veinte años.
- ¿Veinte años, maestro?. ¿Y si practico sin descanso, noche y día?
- Entonces treinta años.

Aturdido, el joven estudiante preguntó al maestro:
- Y dígame, ¿cómo es que cada vez que le digo de trabajar más duro me dice que tardaré más?
- Muy sencillo - replicó el maestro -. Porque cuando tienes un ojo ocupado en mirar hacia tu objetivo, sólo te queda otro ojo para saber cómo llegar a él.

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EL SEÑOR ARAÑA Y LA SEÑORA MOSCA

Cuenta una historia que una vez existió un señor Araña al que le gustaba una señora, la señora Mosca.

El señor Araña iba siempre detrás de la señora Mosca, intentando seducirla de mil maneras diferentes, pero a la señora Mosca no le gustaba el señor Araña.

En una ocasión, el señor Araña se acercó hasta la casa de la señora Mosca, y tocó la puerta. La señora Mosca, harta ya de aquella situación, preparó un cazo de agua hirviendo, abrió la puerta y se la tiró sin piedad al señor Araña.

El señor Araña, gritando de dolor, se marchó presa del pánico hacia su guarida, jurando que aquello no iba a quedar así, y que tanto él como sus descendientes iban a hacer pagar caro aquello a la Mosca y a todos sus descendientes.

Y así es como, aún a día de hoy, las arañas matan y se comen a las moscas en cuanto tienen ocasión.

Moraleja: No le hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti.

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